Viviendo con los síntomas

Cómo vivir con una enfermedad crónica

Josep Sala

Vivir con una enfermedad crónica puede llevar a replantearse desde la terapia hasta las prioridades personales. En esos casos la homeopatía puede ser una ayuda.

Recibir un diagnóstico de una enfermedad crónica nos puede sacudir la vida. Cuando enfermamos solemos preguntarnos el porqué de esa situación. Incluso cuando el sufrimiento se alarga más allá de tres o cuatro días, buscamos cómo cambiar esa coyuntura.

Sin embargo, enfermar es un proceso tan inherente a la vida que habría que reconocerlo y aceptarlo como un peldaño más del camino. De hecho, el cuerpo se encarga diariamente de combatir agresiones externas o internas con una capacidad sublime a fin de preservar su equilibrio, estableciendo lo que se conoce como homeostasis. Para lograr esa estabilidad son necesarios constantes ajustes dinámicos que la propia fisiología se cuida de activar.

La enfermedad se asocia generalmente a desgracia, a un mal del que hay que alejarse en lo posible y con celeridad; de hecho sentimos pena por quienes lo sufren.

Pero si asumiéramos que enfermar forma parte del proceso de la vida y que el organismo libra una permanente lucha sorda para mantenerse sano, sería más fácil entender que vivir es un premio.

Mejor, pues, valorar todo lo que ese proceso nos va dando, sin menospreciar la capacidad de lucha cuando sea precisa.

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¿Qué hacer tras un diagnóstico de enfermedad crónica?

Hoy a Mario le ha cambiado radicalmente la vida, pues el reumatólogo le acaba de confirmar que sufre artritis reumatoide. Sentado en la consulta, su mente no logra ir más allá de esas dos palabras. Y cuando lo logra, se ve invadido por miles de preguntas y sentimientos que incluso le dificultan poder escuchar las explicaciones del médico.

El diagnóstico le ha confirmado la presencia de una enfermedad con la que deberá convivir el resto de su vida.

El diagnóstico ha evidenciado lo que Mario sospechaba desde hacía tiempo pero se resistía a creer. Al principio los episodios de dolor y malestar en distintas partes del cuerpo desaparecían de forma rápida tomando algún antiinflamatorio, pero cada vez se hicieron más frecuentes y resistentes al tratamiento.

Pocos días después de conocer el nombre de su dolencia, Mario puede observar con calma el pasado y empezar a comprender que la enfermedad ya estaba ahí, pero que él no había sido consciente de ella hasta ese momento.

El caso de Mario ayuda a comprender las diferentes etapas por las que atraviesa quien sufre una enfermedad crónica.

Una vez recibido el diagnóstico, la angustia del primer momento se irá convirtiendo en aceptación y en búsqueda de mecanismos de mejora. Quien ha de convivir con ese nuevo estado es el propio enfermo, por lo que resultará de vital interés reflexionar sobre qué es lo que se podría haber hecho mejor.

Adoptar hábitos más saludables no cambiará el diagnóstico, pero puede ejercer un papel determinante en la calidad de vida.

Por supuesto, lo ideal sería haber llegado a esa conclusión antes de que los cambios degenerativos a nivel tisular fueran irreversibles; sin embargo, la situación en que se encuentra Mario hace que adquiera más trascendencia si cabe el hecho de cuidar ciertos aspectos del día a día.

Se comprende así que enfermar lleve en múltiples ocasiones a cambiar de prioridades, pues permite valorar aspectos que hasta entonces habían tenido menor relevancia.

La situación favorece un nuevo enfoque de la propia vida y, cuando eso se da, la persona gana conciencia de lo que realmente es importante para ella. Precisamente lo que nos enferma a menudo es no poder ver realizados nuestros sueños más profundos, no ser capaces de ver cómo toman cuerpo nuestras más íntimas ilusiones.

Cuando la percepción de la realidad interna no se adecúa a la realidad que vive, una persona puede llegar a enfermar. Y enfermar permite a su vez hacer un alto en el camino, detener el ritmo voraz y tomar conciencia de qué se desea.

Homeopatía frente a enfermedades crónicas

Potenciar la propia capacidad de curación es lo que en definitiva propone la homeopatía. La medicina convencional aborda los síntomas de la enfermedad, intentando erradicarlos o aplacarlos, mientras que la homeopatía busca potenciar y restablecer la salud ayudando al individuo a que mantenga su equilibrio.

La homeopatía no solo procura reducir las molestias que provocan las enfermedades, sino que intenta prevenir la evolución de esas manifestaciones a cuadros más graves o incluso la aparición de nuevos síntomas.

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La base del enfoque homeopático es entender el sentido que tiene la enfermedad dentro de la historia vital del paciente, tratándolo individualmente en función de sus características personales y no solo por el diagnóstico, porque la enfermedad no la hallamos fuera de quien la padece, sino que debe comprenderse precisamente en el entorno de esa persona.

Solo así se puede pretender restablecer plenamente la salud.

La importancia de implicarse en la curación

La OMS define la salud como "un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo como la ausencia de afecciones o enfermedades". Desde ese prisma, aspirar a gozar de un estado óptimo de salud puede resultar incluso utópico.

Ante una enfermedad será la percepción individual de la situación la que provoque alarma en mayor o menor medida. Hay personas que, tras el diagnóstico de una patología trivial se sentirán totalmente impedidas, mientras que otras, ante enfermedades mucho más devastadoras, harán todo lo posible por incorporar esa circunstancia a su quehacer diario y se encontrarán tal vez menos enfermas que las primeras.

La actitud con que se aborda cualquier situación resulta crucial. En una enfermedad crónica no es de extrañar que el ánimo vaya decayendo y que eso contribuya a debilitar la resistencia.

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Pero la implicación del enfermo es fundamental para afrontar el trastorno. El mero hecho de preguntarse qué está pasando e indagar cómo ponerle remedio puede ser un acto terapéutico en sí mismo.

Es importante participar como actor principal en la situación que se está viviendo, implicándose en el proceso y en las decisiones que se van tomando, entendiendo que las propias acciones pueden modificar el destino.

Hay pacientes que, aunque se sientan mal, se encuentran cómodos en la situación que viven, bien porque reciben más atención, bien porque se desenvuelven con mayor soltura en un entorno de lástima hacia ellos.

En esos casos la curación va a ser muy difícil, dado que faltará la voluntad de sanación del protagonista.

Una oportunidad de reconciliación personal

El camino durante una larga enfermedad es complejo e incluye montañas rocosas y escarpadas. Para afrontarlo es esencial tomar parte activa y concienciarse de lo que se experimenta a diario.

El reto de vivir debe estar presente en la rutina, potenciando lo que se ha aprendido al convivir con la enfermedad. Las limitaciones disminuyen si se piensa no tanto en lo que ya no puede hacerse como en todo lo que sí se puede seguir haciendo.

Se dice que enfermar es un modo de prepararse para la despedida final. Tomar conciencia de las limitaciones temporales y conservar la calma, afrontando el miedo, ayuda a asumir que la vida solo la puede vivir uno mismo. Y aunque no seamos dueños de ella, sí es posible disfrutarla mientras la tengamos.

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Una enfermedad crónica no tiene por qué ser grave ni tampoco mortal. Pero es cierto que cuando conocemos un caso de enfermedad terminal en nuestro círculo más íntimo se nos encoge el corazón.

Para quien lo sufre siendo consciente, un trance así es doloroso. Pero también le invita a reconciliarse con lo ya vivido, situándose en una esfera de amor y desprendimiento que puede abrirle ese camino de paz interior que persigue día tras día.

Tan importante como aprovechar esa oportunidad será también que los familiares e íntimos ofrezcan su estima y apoyo, convirtiéndose así en pilares para los momentos más duros que todavía tocará vivir.

Mario, una vez superados los primeros instantes de aturdimiento, empieza a escuchar su cuerpo e intenta entender su lenguaje. Para ello tiene que cambiar su estilo de vida, y empieza por introducir la calma en ella.

Porque bajo la prisa de querer "estar bien ya" suele esconderse el miedo a tener que cambiar algo, lo que obstaculiza el proceso curativo. La estabilidad que a veces da tanto miedo perder puede estar de hecho más relacionada con la enfermedad que con la salud.

El gran cambio de actitud de Mario se produce cuando empieza a reconocer que hay un lado positivo en estar enfermo, algo que no siempre será fácil de observar y menos cuando el dolor o las recaídas limiten esa capacidad de reflexión.

Pero el punto de inflexión ya está marcado, y a partir de ahí empieza a buscar qué le quiere decir esta nueva situación.

El momento en que enfermamos no es casual. En la historia de una persona cualquier circunstancia tiene un sentido, aunque a veces solo el tiempo permitirá entenderlo. Es tarea individual de cada uno intentar llegar a esa respuesta, aunque a veces un médico experto pueda aportar ayuda y consejo.

Diez años después, Mario sigue diagnosticado de artritis reumatoide. Es consciente de que ese día efectivamente le cambió la vida, pero ahora está convencido de que a mejor.

5 beneficios que una enfermedad puede aportar

Al enfermar también es factible ver la botella "medio llena". Una dolencia suele implicar cierto grado de pérdida o renuncia, pero a su vez puede alentar cambios positivos y fecundos que quizá no habrían tenido lugar sin ella.

  • Un alto en el camino. Solemos vivir con mucha prisa, con una elevada sensación de inmediatez, buscando fuentes de placer momentáneas que no acaban de colmar las necesidades más profundas. Quien enferma tiene habitualmente el tiempo y el espacio para reflexionar sobre esta cuestión. No es de extrañar que en momentos de mucha presión la persona enferme: su organismo ha llegado al límite y necesita un reposo curativo.
  • Hábitos más saludables. Llegar a una situación límite sirve en ocasiones para abandonar un hábito perjudicial, o incluso puede generar la necesidad de adquirir buenas costumbres, como una alimentación equilibrada o la práctica regular de ejercicio.

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  • Cambio de prioridades. Si la enfermedad se asume como un aviso, la persona puede replantearse qué le ha llevado a esa situación e intentar recuperar su escala de prioridades, quizá perdida en el tiempo.
  • Intereses por descubrir. La enfermedad puede despertar el interés por el propio cuerpo, tomando conciencia de cómo y cuánto nos habla. Aprender su lenguaje e intentar entenderlo se transforma en un nuevo reto que, por sí solo, ya contribuye a prevenir y a superar enfermedades. Tomar las riendas del proceso planteará posibilidades quizá desconocidas hasta ese momento, como las terapias naturales o unos hábitos de vida más ecológicos.
  • Humildad y amor. Enfermar nos recuerda nuestra vulnerabilidad y pone a todas las personas en un mismo nivel, incluso permite visualizar el camino que conduce hacia la muerte. En esas circunstancias se potencian necesidades acaso reprimidas, como la expresión de amor y perdón a los seres más queridos.

Libros para aprender a convivir con la enfermedad

  • Lenguaje del cuerpo y homeopatía; Roland Sananés, Ed. Vedrá
  • La curación espontánea; Andrew Weil, Ed. Urano
  • Aprendiendo a vivir; Tomás Castillo, Ed. Ceac

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