Lograr el equilibrio

¿La ansiedad puede ser una emoción buena?

Lejos de las consecuencias negativas de la ansiedad extrema, sentir esta emoción puede permitirnos protegernos de muchos peligros.

Ramón Soler
Ramón Soler

Psicólogo

La experiencia de vivir con ansiedad constante es tan desagradable e incapacitante que, las personas que la sufren, anhelan librarse para siempre de este problema y de sus angustiosas señales de alarma. Sin embargo, las señales de ansiedad no son malas en sí mismas.Su función es la de alertarnos y activarnos frente a un problema o una amenaza.

Vivimos en una sociedad con un nivel tan altísimo de exigencia que, muchas personas interiorizan, desde su infancia, el patrón de convivir con una cota de ansiedad tan extrema. Continuamente, están en la cuerda floja y corren el peligro de desbordarse.

Esta ansiedad extrema acaba por desvirtuar la verdadera esencia de esta emoción tan necesaria. Si continuamente sentimos ansiedad, en los momentos que, de verdad, necesitamos esta señal de alerta para protegernos, seremos incapaces de reconocer el peligro verdadero al que estamos expuestos.

¿Cuál es el nivel de ansidedad deseable?

En una situación muy similar a esta se encontraba Arantxa, una chica que me manifestó, en nuestra primera sesión en consulta, su deseo de no volver a sentir nunca más el ahogo y las palpitaciones que había sufrido en sus ataques de ansiedad.

Obviamente, este era el objetivo principal de nuestra terapia, sin embargo, también hablamos sobre la necesidad de buscar el equilibrio sano en el que la ansiedad no fuera la norma, sino una señal natural de alerta que se activara solo cuando fuera necesaria.

Es normal sentirse nervioso o ponerse en alerta cuando suceda alguna situación peligrosa o incierta, que no sabemos afrontar. En estos momentos, para afrontar la situación con todos los recursos posibles, resulta saludable que se activen nuestras alarmas internas y que nuestro cuerpo se inunde de hormonas de estrés.

Estas ocasiones pueden ser breves, como estar a punto de ser atropellado, o más prolongadas en el tiempo, como ser despedido en el trabajo. En ambas coyunturas, resulta saludable y necesario mantener un estado de alerta para saltar y evitar el atropello, o para salir a buscar un nuevo trabajo.

Para las personas que sufren ansiedad, el peor problema es que la alerta permanece activada las 24 horas del día, por lo que, cualquier pequeño detalle o un simple pensamiento, puede desencadenar la crisis.

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Este patrón de alerta constante suele originarse en la infancia, cuando los pequeños no tienen muchas otras alternativas para defenderse y lo único que pueden hacer es prevenir y estar atentos a los posibles peligros.

Cada persona puede llegar a este tipo de patrón por diferentes situaciones o motivos, pero la circunstancia más frecuente que he encontrado, en todos mis años de experiencia en terapia, es que, de un modo u otro, de pequeñas, han aprendido que el mundo es un lugar peligroso (o que algunas situaciones pueden ser peligrosas) y que deben mantenerse, continuamente, alerta y prevenidas para protegerse.

En el caso de Arantxa, provenía de una familia disfuncional, con un padre alcohólico y una madre ausente a nivel emocional. Como ocurre en este tipo de familias, cualquier pequeño detalle podía desatar la ira y los golpes de su padre.

Viviendo en este ambiente, la pequeña Arantxa, para poder evitar el mal humor de su padre, aprendió a permanecer muy atenta a cualquier detalle que pudiera anticiparle el peligro.

Con el paso del tiempo, ese estado de alerta se fue generalizando y alcanzó otras áreas de la vida de Arantxa, llegando a limitar su movilidad. Cualquier situación cotidiana, como viajar en autobús o ir a la compra, le generaba altísimos niveles de ansiedad.

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En terapia, fuimos trabajando en paralelo, con su presente y su pasado, para desprogramar esa idea de “alerta constante” como algo necesario para evitar todos los posibles peligros.

Arantxa aprendió a diferenciar el nivel de peligrosidad de cada situación y reconfiguró su cerebro para que, si la ocasión lo requería, esta emoción pudiera activarse, pero que se mantuviera tranquilo, si no detectaba ningún peligro real.

Poco a poco, Arantxa rebajó su nivel base de ansiedad y se reconcilió con esta emoción tan necesaria. Ya no quería eliminarla completamente de su vida, sino que le buscó un espacio en su mente y su cuerpo para poder recurrir a ella y activarla únicamente cuando fuera imprescindible.

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