¿Por qué algunas personas se sienten siempre solas aunque no lo estén? Puede ser soledad emocional

Los niños, aún estando rodeados de muchas personas, pueden llegar a sentirse muy solos. En su edad adulta, deben sanar esta soledad emocional para poder estar bien con ellos mismos y con otras personas.

Soledad emocional
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Algunas personas crecen sintiéndose solas, desemparadas y sin herramientas para relacionarse con los demás. ¿Por qué se instala este sentimiento de soledad? Muchas veces tiene que ver con la infancia: cuando los padres no están preparados para cuidar y atender a sus hijos, estos crecen en soledad emocional y terminan sintiéndose así.

Sentimiento de soledad: ¿por qué puede venir de la infancia?

El ser humano es un animal social. Nacemos con una predisposición para atender el lenguaje, para calmarnos con la voz de nuestra madre y para oler y sentir a las personas que se encuentran a nuestro alrededor. De ellas aprendemos a relacionarnos y a manejarnos en una sociedad que, a medida que vamos creciendo, se vuelve cada vez más compleja.

Para cumplir esa programación, perfeccionada y reforzada durante cientos de miles de años, necesitamos que, en nuestros primeros años de vida, se cumpla un aspecto imprescindible: el apoyo y la guía de unos adultos equilibrados y cuidadosos.

Cuando esto no ocurre, es decir, cuando los padres no procuran los cuidados indispensables a los hijos, estos crecen sintiéndose solos.

Esto ocurre porque muchas personas tienen hijos, aunque no están preparadas para ello. Emocionalmente, arrastran sus propias carencias, sus propios traumas y están demasiado centradas en sí mismas como para darse cuenta de las necesidades de sus hijos.

Les alimentan y les visten porque es lo que se les dice que deben hacer, pero no saben atenderles emocionalmente. No les acompañan y los pequeños crecen totalmente solos, desamparados, aprendiendo por ellos mismos, no siempre de la mejor manera, todo lo que les deberían haber mostrado los adultos.

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Testimonio real: la soledad emocional de Valeria

Valeria vino a mi consulta para trabajar unos problemas en sus relaciones personales que repetía habitualmente con sus parejas y amigos. Le costaba mucho socializar.

Sentía como si tuviera un freno social que le impedía abrirse con los demás. Dudaba y desconfiaba de todo el mundo. Cuando intentaba profundizar en una relación de pareja o de amistad, siempre sentía como una voz interior que le decía: “No te esfuerces, no merece la pena”.

A lo largo de nuestro trabajo en terapia, Valeria fue comprendiendo que no había tenido un modelo sano de socialización, sino todo lo contrario, su familia había sido una familia anti-socializadora:

  • En su casa, cada uno iba a su aire, nadie se ocupaba de nadie.
  • Comían juntos y compartían el espacio de casa, pero todas las interacciones eran muy mecánicas y artificiales.
  • Había unas normas que cumplir y todos las cumplían, pero no había un interés genuino por el otro.
  • Nadie se interesaba por sus notas, ni por sus deberes. Nadie le preguntaba por sus preocupaciones o sus problemas.

Tal y como la misma Valeria me expresaba en una de nuestras sesiones: “Allí cada uno iba a su aire y nadie se ocupaba de los demás, era como la ley de la selva. Como islas solitarias”.

Consecuencias de crecer en soledad emocional

Aunque tenía una familia numerosa, ella siempre se sintió sola. Nadie le hacía caso, nadie le enseñaba nada. Tuvo que aprender a relacionarse y a socializar por ella misma, con las escasas herramientas que tenía y con la nula experiencia de su familia.

Como consecuencia del nulo modelo que había tenido, a Valeria le costaba muchísimo confiar en los demás y abrirse para socializar. “Incluso estando rodeada de gente, todavía me siento sola, como de niña” me decía. Los patrones que había aprendido de pequeña le seguían repitiendo que no le interesaba a nadie, que no merecía la pena abrirse porque los demás iban a lo suyo.

Cómo desprenderse del sentimiento de soledad

Nuestro trabajo en terapia se centró en dos aspectos complementarios: liberarse de sus patrones tóxicos y buscar modelos más sanos para relacionarse con los demás.

Por un lado, Valeria tuvo que asumir, llorar y liberarse del modelo de familia que había tenido. Tuvo que atravesar el duelo de reconocer que sus padres la habían abandonado emocionalmente y que no la habían ayudado en nada. Como habían sido su referencia más importante en la infancia, Valeria interiorizó que esa era la forma normal de relacionarse, pero ya adulta, pudo comprender que también puede haber otras alternativas.

Para reprogramar sus ideas antiguas, buscamos otros modelos de socialización más sanos. Valeria recordaba algunas visitas a casas de sus amigas y, también, un verano que pasó conviviendo con unos parientes lejanos. Estas familias se comportaban de forma muy diferente de la suya. Hablaban y se relacionaban con sinceridad, se interesaban honestamente por los otros.

Incluso a ella, la trataban diferente, cosa que le resultaba muy extraña. Le preguntaban, se interesaban y se preocupaban porque estuviera cómoda y bien atendida. Con sus primos y sus tíos, por primera vez en su vida, Valeria experimentó qué significaba ser tratada con cariño.

Gracias a todos estos ejemplos que también formaban parte de sus recuerdos, Valeria pudo entender que su familia no era la norma, sino la excepción. Poco a poco, fue dejando atrás su desconfianza y se fue abriendo, gradualmente, con quien ella consideraba que podía ser interesante. Aprendió, también, a diferenciar y filtrar a las personas para detectar quién podía ser digno de confianza.

Con el paso del tiempo, Valeria fue dejando atrás las duras consecuencias de haber crecido en soledad emocional y pudo tener relaciones más sinceras y directas.

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