Autoestima

Hacer sentir vergüenza a un niño afecta a su autoestima

Avergonzar a los niños para que se sometan y hagan caso es un tipo de maltrato que, aunque poco reconocido, deja gravísimas huellas en la autoestima.

Los maltratos sutiles como gritos, chantajes, culpabilizar o ridiculizar, aunque no son tan evidentes como un cachete o una paliza, marcan profundamente la personalidad de los niños. Para poder sanar los daños causados por la crueldad sufrida en su infancia, la persona ha de reconstruir su autoestima.

Uno de los maltratos sutiles más perniciosos que existe es el de utilizar la vergüenza como elemento para ridiculizar a los niños y destruir su autoestima. Más frecuente de lo que pensamos, las secuelas de este tipo de malos tratos son muy habituales en las consultas de los psicólogos.

Avergonzar como método de manipulación

El ser humano es una especie social. Si pudimos evolucionar y sobrevivir, frente a otros animales mucho más fuertes, fue gracias a la cohesión del grupo y al trabajo en equipo. Así ha sido durante millones de años. De hecho, la importancia del grupo para nosotros es tal que, si en la antigüedad más remota, una persona era expulsada de la tribu, este destierro significaba una condena a muerte.

En nuestros días, el ser aceptados por el grupo (familia, colegio, trabajo, etc.), sigue teniendo mucha importancia para nosotros. La vida social resulta muy compleja y, en muchas ocasiones, todavía necesitamos el apoyo de los demás para salir adelante. Esto se hace aún más evidente en los niños. Necesitan que sus familias les cuiden para poder sobrevivir y también desean ser aceptados en su grupo social del colegio, en el que pasarán gran parte de su infancia.

En principio, esta necesidad no tiene nada de malo, los adultos cuidan de los pequeños y éstos crecen seguros y protegidos. El problema aparece cuando los adultos se aprovechan de este miedo ancestral al destierro y ridiculizan al niño para doblegarlo.

Para lograrlo, se burlan de él, le dejan en evidencia frente a los compañeros o le comparan negativamente con otros niños.

La emoción que se causa en el niño al ridiculizarlo es la de la vergüenza.

El mensaje implícito que el adulto le envía es el de “no destaques, obedece a tus mayores o lograré que los demás se burlen de ti y te excluyan del grupo”.

Este método de manipulación cruel y mezquino, suele ser utilizado por personas que se encuentran en una situación de superioridad frente a alguien inferior como, por ejemplo, maestros con alumnos o jefes con subordinados.

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Ser avergonzado en la infancia influye en la autoestima

Del gran número de casos que he tenido en consulta que han sufrido este tipo de maltrato, quiero traer al blog la historia de Martina, una chica de 32 años que arrastraba las consecuencias de haber sido ridiculizada en clase durante toda su infancia.

Su aspecto físico denotaba claramente su baja autoestima y sus ganas de pasar desapercibida. Siempre llevaba ropa ancha que le cubría todo el cuerpo. Su pelo rizado le caía por la cara y le tapaba los ojos, de forma que era muy difícil encontrar su mirada. Caminaba con la espalda encorvada y los hombros proyectados hacia delante, como si quisiera formar un caparazón con su cuerpo.

Incluso su débil tono de voz decía que no quería llamar la atención.

A pesar de todas sus limitaciones y de su vergüenza, Martina dio el importante paso de buscar ayuda y comenzamos a trabajar en su sanación. Tras unas sesiones iniciales para tomar confianza, comenzó a relatarme lo mal que lo había pasado en el colegio.

Su situación en casa también había sido muy difícil, nunca se había sentido lo suficientemente apoyada para poder responder con seguridad frente a los problemas.

En el colegio, Marina, una niña de naturaleza introvertida, lo pasaba mal cuando la sacaban a la pizarra a hacer un ejercicio o cuando tenía que leer en voz alta. Por desgracia, la niña tuvo varios profesores que pensaron que la forma de ayudarla era obligarla a enfrentarse a sus miedos. La forzaban a hablar en público y a salir a la pizarra. Cuando lo hacían, ella se ponía nerviosa y cometía más errores de los que solía hacer si la dejaban realizar el ejercicio en su mesa.

En todas estas ocasiones, la respuesta de sus profesores era siempre la burla. Hacían una broma o un chiste sobre Martina y provocaban la risa de toda la clase.

Todos pasaban un buen rato a costa de la pequeña, pero ella se sentía mortalmente avergonzada.

Además, todas estas bromas por parte de sus profesores le crearon una imagen en su colegio de niña tímida y rara. Nadie la aceptaba en sus grupos y se pasaba los recreos sola, sentada en una esquina del patio.

Esta estrategia de ridiculizar al alumno frente a toda la clase, aunque es sumamente cruel, aún sigue siendo utilizada por algunos docentes. No enseña nada ni motiva la socialización, como alegan quienes la usan. Al contrario, lo único que causa es vergüenza y soledad.

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Sanar heridas para superar la vergüenza

En terapia, Martina trabajó para comprender lo injustas y crueles que habían sido todas estas actitudes y cómo la habían dañado profundamente su autoestima. Por fin, tuvo la oportunidad de poder expresar todas las emociones de tristeza, dolor y rabia, que había acumulado durante toda su vida.

Además, pudo quitarse de encima de los hombros el peso de las miradas y de las burlas de sus profesores y compañeros. “No son nadie, no los necesito, me da igual lo que piensen”, se repetía Martina para liberarse de la influencia negativa de su pasado.

La mejor señal de su recuperación interior la mostró Martina en su exterior: comenzó a levantar la cabeza al caminar, a echar los hombros hacia atrás y se cortó su flequillo para poder ver el mundo y mirar a la gente de frente, mucho más segura y sin miedo a sus burlas.

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