Adicción al sexo y dependencia emocional

Relaciones adictivas: ¿cómo romper definitivamente?

Silvia Congost y Xavier Serrano

No somos felices, pero tenemos un miedo irracional a perder al otro. O bien nuestra impulsividad sexual es tan fuerte que no podemos conectar. ¿Tiene arreglo?

Lucía se sentía cada vez más cansada, más triste, más destruida.

Había perdido la cuenta de las veces que había pensado en poner punto y final a su relación con Javier. Llorar, discutir y lamentarse se había convertido en algo habitual en su día a día, pero si se planteaba romper con él, un pánico irracional la bloqueaba.

Es un caso claro de dependencia emocional: un miedo atroz a perder al otro y una necesidad constante de que nos demuestre su amor.

Se esforzaba en convencerse de que sus problemas eran normales, de que él cambiaría y lograrían hacer funcionar algo que, en el fondo de su corazón, sabía que nunca había funcionado.

La situación de Lucía es más frecuente de lo que imaginamos. Conocemos a alguien, lo idealizamos y al ver que no encaja en lo que creíamos que era, luchamos para que esa imagen mental se haga realidad. Nos autoengañamos, intentamos cambiarle y, a pesar de estar cada día peor, no podemos cortar.

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¿Qué podemos hacer para salir de una relación con dependencia emocional?

La otra persona ocupa el centro de nuestro mundo y estamos tan centrados en la relación que nos aislamos. Nuestros amigos y seres queridos se alejan de nosotros porque no saben cómo hacernos ver que estamos apostando por algo que no nos lleva a ninguna parte.

Lo importante es tener claro que, aunque estemos sufriendo en una relación así, si estamos dispuestos a hacer lo necesario, lograremos desengancharnos y recuperar nuestra propia vida y nuestra libertad.

Tomar consciencia

Debemos darnos cuenta y comprender que sufrimos una adicción y, como es algo tóxico, hay que cortarlo.

Hacer un listado negativo puede ayudarnos a mantenernos firmes. Anotar qué no nos gusta de la otra persona, todo lo que nos ha hecho sufrir y pasarlo tan mal.

Controlar la mente

Debemos dejar de pensar constantemente en el otro. Para ello, es recomendable planificar muchas actividades, salir y quedar con amigos.

Conocer a gente nueva y realizar actividades diferentes a las que hacíamos hasta ahora ocupará nuestra atención y nos alejará de los pensamientos recurrentes.

Hay que evitar a toda costa estar solos sin tener nada que hacer.

Pasar a la acción

Hacer lo que sea para recuperarnos y, sobre todo, recuperar las ganas de vivir, de ilusionarnos, disfrutar y ser felices con quienes nos quieren de verdad. Si solos no podemos, conviene pedir ayuda terapéutica.

Superar el síndrome de abstinencia

Por ser una adicción, al intentar alejarnos del otro conectaremos con la necesidad de acercarnos de nuevo. Si sucede, debemos esforzarnos en recordar por qué decidimos irnos de allí.

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Mantener contacto 0

Hay que cortar con todo lo que nos lleve a pensar en el otro: no verle, no hablarle, no escribirnos mensajes. Hay que bloquearle en todas las aplicaciones que tenemos en el móvil y en las redes sociales.

Asumir posibles recaídas

No debemos hundirnos si eso ocurre. Lo importante es resituarnos y continuar con el contacto 0.

Cuando lo compulsivo es el sexo

La sexualidad es una de las principales fuentes del amor y facilita el equilibrio emocional como reguladora de nuestra energía vital. Al formar parte de nuestra complejidad humana, está condicionada por variables personales y sociales, como el cariño recibido de la madre durante los primeros años, la actitud de ciertas figuras de autoridad –como el padre o los maestros– ante las manifestaciones sexuales espontáneas infantiles o la visión que los medios de comunicación transmiten de las relaciones entre adultos.

Si el afecto recibido ha sido escaso y se han experimentado muchos momentos de represión y juicio moral, el adulto puede interiorizar el sexo como una pulsión irrefrenable que necesita satisfacer de forma mecánica y compulsiva, llegando incluso a convertirse en una obsesión con graves repercusiones en su día a día y en sus relaciones de pareja.

Una fuerte falta de afecto en la infancia, sumada a la represión y sentimientos de culpa, pueden desencadenar una adicción al sexo en la edad adulta.

La promiscuidad basada en encuentros rápidos y mecánicos y el visionado de webs y vídeos pornográficos son algunos de los medios que estas personas utilizan para intentar calmar la congestión sexual permanente. De este modo caen en un círculo de ofuscación alrededor del sexo, porque cuanto más se practica de esa forma, más se necesita, tanto por la dependencia que se establece como por la imposibilidad de lograr una satisfacción plena.

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Inconscientemente, se intenta cubrir carencias afectivas muy primitivas, al mismo tiempo que descargar la tensión interna acumulada. Al no satisfacer ninguno de esos objetivos, aumenta la ansiedad, la pulsión toma más fuerza y el sexo se convierte, paradójicamente, en un factor de sufrimiento.

En muchos casos, estos comportamientos se realizan de una forma más o menos manifiesta, pero en otros suponen una carga muy pesada de culpabilidad y angustia.

Como sucede en otras dependencias patológicas, la adicción al sexo puede surgir cuando la persona es más vulnerable por experimentar una crisis o estar inmersa en un conflicto personal.

¿Cómo superar una adicción al sexo para alcanzar una relación plena?

En algunos casos, esta compulsión se vive de manera clandestina; pero en otros, puede herir la autoestima de la pareja y provocar la ruptura. Una comunicación libre de juicios y una complicidad sincera mejorarán la situación.

Hay tres variables que pueden potenciar las relaciones de las parejas y fomentar una atmósfera amorosa donde la sexualidad sea un encuentro de cuerpos con alma, un abrazo completo basado en el abandono y la confianza mutua y, por lo tanto, un manantial de placer, amor y vida:

  • Mantener una comunicación basada en la sinceridad, el reconocimiento mutuo, la ausencia de juicios y la empatía.
  • Fomentar el vínculo afectivo estableciendo lazos de complicidad que permitan compartir las particularidades de cada uno, como pueden ser las fantasías sexuales propias.
  • Organizar espacios de intimidad donde mirarse a los ojos, susurrarse y acariciarse con mimo, escucharse con el corazón abierto.

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