Romanticismo religioso

El amor que nos arrodilla

La imagen femenina que nos proponen es muy religiosa. Es casi como la tradicional de la Virgen María: una mujer que sufre y se sacrifica por amor, que acompaña al héroe en su inmolación, que se olvida de sí misma y se centra solo en el amor.

El amor romántico es una especie de religión posmoderna.Es un relato construido desde la promesa del paraíso: ese lugar al que llegaremos tras atravesar el valle de lágrimas, en el que seremos felices, seremos amadas y comeremos perdices.

El romanticismo también tiene su infierno, en el que caemos cuando sufrimos por la falta de amor y la dependencia emocional. Llegamos a él cuando nuestra pareja deja la relación, cuando ofrecemos nuestro amor y nos rechazan, cuando nos son infieles, cuando nos mienten o nos traicionan, cuando perdemos una batalla en la guerra del amor.

De rodillas ante el Señor

Como todas las religiones, el amor romántico tiene sus santos, santas y mártires: esas mujeres enamoradas que se suicidan “por amor”, esos hombres enamorados que matan “por amor”, esas mujeres enamoradas que lo dejan todo por amor, que aguantan por amor, que se sacrifican en nombre del amor.

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Los sufridores y sufridoras románticas más famosas son mitificadas y endiosadas por nuestra cultura patriarcal para que las admiremos y las imitemos. El patriarcado nos quiere de rodillas, mirando a los hombres como miramos a Jesucristo, desde abajo hacia arriba.

Jesucristo es el Hombre que todas las sufridoras necesitamos: el Salvador, el Príncipe Azul, el Don Juan, el Guerrero, el Caballero que nos rescata y nos lleva al palacio en el que seremos felices. Algunas pasamos años y años esperando su llegada.

Los relatos del amor romántico nos fascinan tanto como los relatos sagrados de las religiones: nos encantan las canciones, películas, poemas, novelas y cuentos que nos narran historias de amor y tragedias románticas. Las consumimos vorazmente porque son como las drogas: nos evaden de la realidad un rato, nos entretienen, nos hacen sentir emociones fuertes y de gran intensidad, nos revuelven por dentro, nos traen la paz y avivan nuestra esperanza con sus finales felices.

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Los finales felices nos recuerdan constantemente la existencia del paraíso romántico. Nuestras vidas se rigen por la esperanza de encontrar el camino hacia ese lugar lleno de abundancia, felicidad, paz, armonía y amor. Así nos mantienen muchos años de nuestra vida soñando con el amor verdadero, haciéndonos creer que con pareja nunca más volveremos a sentirnos solas.

Para muchas de las mujeres que aman, el amor es un espejismo colectivo que puede resultar muy peligroso.

Nos hacen creer que para conseguir el amor tenemos primero que sufrir y que el sufrimiento es una demostración de amor hacia el que nos hace sufrir. Caemos en la trampa sin darnos cuenta de que necesitan que nosotras vivamos de rodillas, que quieren que la búsqueda del amor sea el centro de nuestras vidas, que adoran que el deseo de ser amadas nos vuelva dependientes y sumisas.

Ponemos al hombre en la cúspide de nuestros afectos para entregarnos a él con total devoción, como si fuera un dios.

La imagen femenina que nos proponen es como la tradicional de la Virgen María: una mujer pura, inocente, bondadosa, altruista, entregada y leal que sabe querer y cuidar. Una mujer que sufre y se sacrifica por amor, que acompaña al héroe en su inmolación, que se olvida de si misma y se centra solo en el amor.

Las ateas e insumisas del amor

Todas las religiones tienen su propia ideología y la imponen como normas sagradas a sus fieles. El amor romántico también tiene sus mandamientos. Todos están dirigidos a coartar la libertad de las mujeres y a garantizar la de los hombres, a ponernos de rodillas a nosotras y a elevarlos a ellos a un trono.

En la tradición patriarcal el amor tiene que ser solo en parejas de dos, heterosexuales, monógamas y con afán reproductivo. Todo lo que se sale de la norma se penaliza a través de las leyes y las dinámicas sociales.

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Por eso hay cada vez más mujeres ateas e insumisas ante la religión romántica: se han hartado de sufrir y de hundirse en los infiernos, de rezar para que las amen, de pasar calvarios y pagar penitencias. Cada vez son menos las que viven esperando la llegada de Dios y soñando con el paraíso.

Cada vez nos rebelamos más ante nuestro rol de mártires: lo que queremos es disfrutar y relacionarnos con iguales.

Y lo más importante: ya no educan a sus hijas en la religión del amor romántico, ni las invitan a atravesar el valle de lágrimas. Las educan para que tengan herramientas que les permitan unirse algún día a un compañero sin perder su libertad y su autonomía. Para que puedan disfrutar del sexo y del amor. Y de la vida.

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