Nunca es tarde para reparar el daño

Aunque tus hijos ya no sean unos niños, siempre puedes poner remedio a una crianza que en estos momentos desarrollarías de otra manera. No hay que anclarse en lo que fue, sino pensar el que puede llegar a ser.

Darnos cuenta con el paso de los años y los nuevos conocimientos que vamos adquiriendo, que la crianza de nuestros hijos podría haber sido más respetuosa con ellos es algo bastante habitual. Sin embargo, lo más conveniente es soltar la culpa y poner remedio a la situación. Laura Gutman en este vídeo profundiza en esta cuestión que tanto preocupa a los padres.

¿Qué hacemos los que te hemos leído tarde y nuestros hijos ya están en la adolescencia?

TRABAJAR EL VÍNCULO

En verdad, nunca es tarde mientras estemos vivos. A todos nos pasa que en algún momento de la vida nos encontramos con un maestro, con un libro, con una canción, con una situación, con un nuevo estudio… Todo el tiempo estamos cambiando y estamos pensando. Por eso, el vínculo se puede trabajar en la adolescencia e incluso en la edad adulta.

Hace muchos años, cuando yo era mucho más joven, estaba en la escuela que tengo de profesionales, donde enseño todo esto, y había una aprendiz que por aquel entonces yo veía como una señora. Ella había tenido una infancia muy dura. La habían criado unas monjas alemanas muy rígidas en una especie de internado.

Cuando hizo toda su biografía humana, ella revisó la crueldad con la que la había tratado su madre. Después revisó todo lo que ella había hecho con sus hijos y luego veía cómo eran sus propios hijos los que estaban maltratando a sus nietos. Empezó a hacer todo un proceso de revisar la historia, la lógica de la historia. Empezó a mirar toda la violencia, la que había oculta y la visible, todos los desamparos, los abandonos, los accidentes, las enfermedades de toda su familia extendida… Hizo un proceso de varios años en mi escuela muy lindo.

Bastante tiempo después me llamó por teléfono y me dijo: “Laura te llamo porque te quiero agradecer algo. He ido a ver a mi mamá -no me acuerdo qué edad me dijo que tenía, pero ya era muy viejita y estaba internada en un geriátrico- y le he contado mi proceso, todo lo que he entendido de mí misma. También le expliqué lo que, siendo una mujer de 64 años, he podido comprender de lo que ella había pasado siendo niña, de lo que había sufrido y de cómo esta familia ha seguido perpetuado el sufrimiento y el desamor”. Entonces, su madre la agarró de la mano y le dijo: “Hija, este es el día más feliz de mi vida”. Al día siguiente se murió.

SIEMPRE HAY TIEMPO

Esta señora me llamó llorando para contármelo y agradecérmelo. Me dijo: “Piensa, Laura, que yo le ofrecí a mi mamá, que el último día de su vida, que le llevé un pedacito de comprensión cargado de ternura, fuera su mejor día. Imagínate si no hay tiempo para hacer algo”.

Esta anécdota la he contado muchísimas veces, en muchas conferencias, cuando hay mamás de niños de 12 años que me dicen: “Ay, no te conocí antes. Mi hijo ya no es un bebé. ¿Tengo tiempo?”. Entonces, yo siempre cuento esto, porque siempre hay tiempo. Mientras estemos vivos, hay tiempo.

Siempre hay tiempo para regalar amor, para comprendernos más, para comprender nuestro pasado, para comprender también, por qué hicimos lo que hicimos en ese momento, con esas herramientas, con esos recursos, con ese nivel de comprensión. Y siempre podemos, a partir de hoy hacia el futuro, modificar algo. Así que, ¿cómo no vamos a poder hacer algo? Siempre que partamos de las buenas intenciones y de la genuina intención de querer comprendernos más, conocernos más, llegar al fondo de nuestro corazón para rescatar al niño que fuimos, y finalmente ver si podemos entrenarnos para ofrecer nuestro amor.

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