¿Quién te cuida a ti?

El síndrome de la enfermera: cuidar sin cuidarse

Ramón Soler

Muchas personas, sobre todo mujeres, se pasan al día cuidando a los demás, pero se olvidan de ellas mismas. Este es el llamado síndrome de la enfermera. Para superarlo, hay que comenzar por aprender a dedicarse tiempo a una misma.

Emma era la cuidadora perfecta. Se ocupó de todos sus novios problemáticos y se esforzaba por ayudarles hasta el límite. Sin embargo, este afán por cuidar a los demás le pasó factura. Se olvidó de sí misma y terminó dejando que todas sus parejas se aprovecharan de ella.

El caso de Emma, que acudió a mi consulta cuando sintió que algo iba mal con sus relaciones, es habitual. En nuestra sociedad, a muchas personas, desde muy pequeñas, se les inculca el mandato de cuidar a los demás. Esto suele ocurrir sobre todo con las niñas, encasilladas por el patriarcado, desde el neolítico, en papeles pasivos de atención a las necesidades de los demás.

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Durante toda su vida, estas niñas, posteriormente mujeres, dedican su vida al servicio de los otros, les cuidan, les lavan, les arropan, les protegen, pero, todo el mundo, incluso ellas mismas, se olvidan de que ellas también necesitan atención y cuidados.

Este patrón de comportamiento tan común, cuando es llevado al extremo, se conoce como el Síndrome de la Enfermera.

A la hora de buscar pareja, llevadas por esta imposición psicológica tan potente, que quedó grabada a fuego por las miles de veces que de niña recibió la orden de cuidar a los otros, esta mujeres, suelen sentirse atraídas por personas con problemas, necesitadas de muchos cuidados y atención.

Cuando te olvidas de cuidarte a ti misma

Su mandato las acaba abocando a mantener relaciones con parejas emocional y/o físicamente enfermas de las que tienen que estar pendientes las 24 horas del día. De esta forma, pueden pasar semanas, meses y años, sin dedicar un minuto a ellas mismas. No solo es que no tengan tiempo, es que su patrón les impide pensar que para estar bien, sanas y equilibradas, necesitan cuidarse.

Con el paso de los años, estas relaciones tan demandantes, suelen acabar mal. La persona que pretende brindar su ayuda no logra la sanación del otro y el enfermo, acaba por arrastrar y hundir a su pareja en sus problemas.

La sanación de este síndrome pasa por que estas mujeres se liberen de sus historias y aprendan a cuidar se ellas mismas.

Hay que aclarar que las mujeres aquejadas de este síndrome se sienten muy infelices, tristes, hundidas en un pozo profundo del que no ven la salida. Su afán por cuidar y salvar a la otra persona, fruto de sus patrones y mandatos, las retiene en una vida que las desespera.

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No ven salida, pero su propio mandato les impide ver la solución. Psicológicamente, a un nivel muy profundo, la ayuda a los demás, representa un intento de ayudarse a sí mismas.

El caso de Emma y su afán por cuidar

Recuerdo el caso de Emma, que cuando acudió a mi consulta arrastraba un historial de parejas extremádamente problemáticas. Un toxicómano y un alcohólico, habían sido sus relaciones más significativas.

Al cumplir los cuarenta años, Emma se percató de que todas sus relaciones repetían un patrón negativo y, su mejor amiga, le recomendó que iniciara una terapia conmigo para averiguar el origen de su problema y ponerle solución.

Emma fue una niña callada y obediente, dedicada, toda su infancia al cuidado de sus tres hermanas pequeñas. La joven me contaba cómo cuando tenía 10 años, todas las tardes, sus padres se iban a trabajar a la tienda propiedad de la familia y ella se quedaba al cuidado de sus hermanas de 8, 6 y 3 años.

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La hermana más pequeña tenía graves problemas de motricidad y utilizaba silla de ruedas, por lo que además de vigilarla, tenía que asistirla dándole la comida, llevándola al baño para que hiciera sus necesidades e, incluso, lavándola. Los padres le impusieron a Emma “la misión” de tener cenadas y bañadas a sus hermanas para, cuando ellos llegaran por la noche, poder descansar.

Al volver del trabajo, sus padres siempre le traían regaliz, la chuchería favorita de la niña, y le hablaban de lo buena y responsable que era la pequeña Emma. De esta forma, el ejercer de cuidadora creó su lugar en la familia. Con los halagos y la atención de sus padres, la pequeña se sentía valorada, apoyada y querida. Sin embargo, la parte negativa, escondida bajo caramelos y bonitas palabras, es que sus padres delegaron en ella su responsabilidad y la impusieron la obligación de cuidar siempre de todo el mundo.

Uno de los efectos negativos que tuvo el convertirse en la cuidadora de los demás es que, desde muy niña, Emma dejó de prestarle atención a sus propias necesidades. Nunca tuvo tiempo de cuidarse o de ser niña. Nunca jugaba con amigas. Nunca salía. Siempre tenía que cuidar a sus hermanas.

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No es de extrañar que, con este patrón, ya de adulta, la joven se sintiera atraída por parejas con graves problemas, que necesitaran a alguien que les cuidara. Pero, como hablamos más arriba, este tipo de relaciones nunca terminan bien.

La tarea pendiente que tenía Emma era la de volver a conectar consigo misma para cuidarse y preocuparse por lo que ella necesitaba. Reconoció que su historia la había marcado negativamente y que sus padres no debían de haberle cargado con esa responsabilidad tan enorme.

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