Entrevista a Mercedes Bermejo

"Los casos de ansiedad y suicidios entre adolescentes se han multiplicado por la pandemia"

Mercedes Bermejo, psicóloga especializada en la atención a la infancia y a la adolescencia, explica cómo se han multiplicado los casos de niños y jóvenes con importantes trastornos de salud mental a causa de la alerta sanitaria vivida.

Silvia Díez, periodista y terapeuta
Silvia Díez

Periodista y terapeuta gestalt

Otra pandemia invisible está teniendo lugar. Es la que están sufriendo niños y jóvenes por las consecuencias de lo vivido en este último año sin que además nadie les esté prestando la atención que merecen.

Por eso, Mercedes Bermejo, psicóloga especializada en la atención de niños y jóvenes, quiere darles voz a sus “pacientitos” –como ella les denomina– para que encuentren el apoyo que necesitan en su contexto más directo y en la sociedad en general.

“Antes de la pandemia el suicidio ya era la primera causa de muerte no natural entre los adolescentes. Actualmente en España se registran 10 suicidios al día y cuando me preguntan sobre ello siempre digo lo mismo: estas personas no quieren matarse, sino dejar de sufrir. Tengo en consulta adolescentes que se autolesionan, se dejan ir y viven solamente a través de los videojuegos. Otros sufren trastornos de la conducta alimentaria, una patología que también se ha incrementado con la pandemia”, explica Mercedes Bermejo también directora de la Editorial Sentir, un sello creado para cuidar la salud emocional de los más pequeños a través de los cuentos y de historias escritas por los mejores especialistas en cada campo.

De hecho, según la Sociedad Española de Pediatría las urgencias de psiquiatría infantil han aumentado en un 50% en los últimos meses. El Hospital Universitario Puerta de Hierro de Madrid no tenía una planta de psiquiatría infantil y la ha creado para atender la demanda que tenían, que también ha desbordado a los psicólogos públicos. “En nuestro centro la lista de espera va más allá de los tres meses”, nos cuenta Bermejo.

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–¿Somos conscientes como sociedad de las consecuencias de la pandemia sobre niños y jóvenes?
–La infancia ha sido la población que ha sufrido la pandemia en silencio. Se decía: “Ellos se adaptan, no se enteran y no les afecta”. Pero nada más lejos de la realidad. Todos hemos estados expuestos durante mucho tiempo a una situación muy crítica que, si para los adultos ha sido difícil de entender, para los niños aún lo ha sido más.

¿Cómo comprender que un virus que no se ve produce un cambio tan radical en nuestras vidas? Costumbres que antes eran correctas y promovidas, de pronto se prohíben como el hecho de tocarse y de abrazarse. Les decíamos que se cogieran de la mano en la fila del colegio y de repente que esto podía ser causa de enfermedad. Esta situación ha desencadenado en ellos angustia, fobias y sentimientos de culpa.

La profesora de infantil de mi hijo pequeño falleció recientemente por COVID, estas pérdidas repentinas pueden generar en la infancia sentimientos de culpa. A ello se añade la ansiedad de pensar que mis padres o mis abuelos pueden fallecer. He tenido niños en consulta que ahora siguen teniendo miedo a acercarse a sus abuelos.

La distancia que se ha impuesto a los pequeños hacia sus abuelos ha resultado traumática y en los próximos dos años iremos viendo sus consecuencias. Lo vivido ha afectado nuestra salud mental y para ello no hay vacunas. Es urgente plantear intervenciones y dispositivos que acompañen a los niños y jóvenes que lo necesitan teniendo en cuenta que el 75% de los problemas de salud mental que se presentan en la etapa adulta se originan en la infancia. Si no lo hacemos, esto nos pasará factura a todos como sociedad y mi labor es concienciar de ello.

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–¿Qué patologías han llegado más a las urgencias de psiquiatría infantil?
–Alteraciones del estado de ánimo, trastornos de ansiedad, fobias, trastornos de la conducta alimentaria y del sueño. Muchos institutos nos consultan porque no saben cómo actuar ante las pesadillas recurrentes que sufren los adolescentes. A este colectivo tan criticado durante la pandemia se le ha robado un año importantísimo en su etapa evolutiva cuando la integración social es fundamental para su buen desarrollo.

Para ellos divertirse no es un capricho, necesitan pasar tiempo con sus amigos para crecer. Sin embargo, han renunciado a sus fiestas de graduación, a sus viajes de final de curso, a las convivencias, etc… Y no poder encontrarse entre iguales ha tenido efectos sobre su estado de ánimo y les ha generado problemas de autoestima.

Los profesionales de la salud mental estamos afrontando casos muy complejos de las autolesiones que pueden acabar en suicidio, problemas psicosomáticos como dolores de estómago, de cabeza y enfermedades de la piel que no habíamos visto antes y que están apareciendo a edades muy tempranas.

–¿Qué podemos hacer para ayudar a reparar estas consecuencias de la pandemia sobre niños y jóvenes?
–Así como durante la pandemia se pusieron en marcha dispositivos para atender a las personas afectadas por el coronavirus ahora deberían crearse para atender los problemas de salud mental derivados de esta situación de alerta sanitaria.

Lo primero sería ampliar las plazas de profesionales sanitarios en el ámbito público que se han visto desbordados y lo segundo crear un plan nacional de salud mental para la infancia y la adolescencia. Además de aportar más recursos en el ámbito psicológico es fundamental que el contexto que rodea al niño o a la niña le pueda infundir seguridad.

Sin embargo, las familias están muy perdidas porque nadie nos ha enseñado a manejar esto. También la comunidad educativa debería encontrar un buen apoyo para afrontar todo esto. Todos deberíamos ser más conscientes de esta problemática.

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–¿Ha afectado el teletrabajo a los niños y jóvenes?
–Hemos tenido en consulta a muchos niños y jóvenes afectados por las situaciones violentas que han vivido en casa durante estos meses en los que sus padres han teletrabajado.

El teletrabajo ha complicado la conciliación de trabajo y familia y en muchos casos ha generado más incertidumbre en los más pequeños al sentirse rechazados y abandonados al ver que sus padres no les atendían. Sentían que tampoco el hogar era un lugar para estar juntos, un refugio seguro.

Asimismo, se han incrementado los abusos sexuales que en un 90% de los casos se producen en el contexto familiar. Y aunque se están agilizando los procesos judiciales cuando hay sospecha de abusos, separaciones de pareja y maltrato, hay que seguir avanzando para proteger a los niños expuestos a situaciones de vulnerabililidad.

–Pero, ¿puede haber casos en los que los niños se hayan sentido más cerca de sus padres por esta situación?
–Siempre he defendido que niños y niñas puedan pasar más tiempo de calidad con sus cuidadores primarios y pensé que el confinamiento podría ser algo positivo para lograrlo. Pero la realidad ha sido muy distinta.

Los más pequeños han sufrido el estrés de ver que sus padres no estaban disponibles para ellos ni tampoco eran capaces de transmitirles la calma y el afecto que necesitaban. Eran muchos los progenitores que estaban angustiados por perder su trabajo o que temían que otros familiares enfermaran. Ha habido tal cantidad de estresores en el contexto intrafamiliar que los niños y los jóvenes han desarrollado también ansiedad, fobias, descontrol y hartazgo.

"Lo que hemos vivido todos en mayor o menor medida ha repercutido en niños y jóvenes."

–¿Hablabas de un aumento de los trastornos alimentarios?
–Los Trastornos de Conducta Alimentaria son la punta del iceberg, porque cuando alguien tiene ansiedad tiende a comer más o a obsesionarse con su cuerpo. De hecho, los TCA responden más a una etiqueta y tras ellos se esconde todo un funcionamiento familiar y un problema de autoimagen y autoestima en el que también juegan un papel determinante las redes sociales. Pasar tanto tiempo conectados a los dispositivos lleva a los jóvenes a dejar de hacer muchísimas cosas como pasear y quedar con sus amigos.

Cada día son más los adolescentes que se han acostumbrado a citarse con sus amigos online y así aún salen menos de casa. Esto implica que no les da la luz del sol, que su cerebro no recibe la estimulación necesaria a nivel motor y que pierden habilidades sociales. Estoy trabajando en consulta con muchos adolescentes la expresión facial, porque no saben expresar emociones tan primarias como la alegría y la tristeza con el rostro.

"Si la tecnología ya fomentaba este trastorno, solo ha faltado la mascarilla para que aún perdieran más esta capacidad."

Es necesario todo un trabajo para que recuperen sus habilidades sociales, algo que repercute en su estado de ánimo como demuestran las investigaciones, ya que somos seres sociales. Hay también adolescentes que ante la retirada de las mascarillas sienten mucha ansiedad porque su cara ha cambiado y se sentían más seguros con la cara tapada para así no enseñar su acné juvenil.

Son muchos a quienes les cuesta sociabilizarse cara a cara tan acostumbrados están a hacerlo a través de la tecnología… Creo que sería importante incorporar la inteligencia emocional en las escuelas, una asignatura que ya teníamos pendiente antes de todo esto, pero que ahora ante estos casos, resulta urgente abordar.

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–En las familias ha habido duelos muy complicados... ¿Esto también ha afectado a los jóvenes?

–Hemos atendido a familias que han llegado a perder a siete familiares por COVID. Esto ha ocurrido en una sociedad que es tanofóbica, en la que no se habla ni de la muerte ni de las pérdidas, con lo que el dolor se enquista y el duelo acaba complicándose. Además, todos los rituales de despedida que ayudan a elaborar la pérdida se han visto alterados por las restricciones. También es cierto que éstos nunca se han adaptado a la infancia. Un tanatorio no es un lugar amable para los niños, con lo que a ellos habitualmente tampoco se les permite despedirse y elaborar un duelo. Es siempre recomendable que puedan realizar un ritual de despedida adaptado a cada ideología y creencias familiares.

Estos les permite elaborar mejor las pérdidas. Puede ser desde observar una estrella en el cielo donde creamos que puede estar este ser querido, escribirle una carta, dedicarle un dibujo... Hay que tener en cuenta que la infancia es un periodo en el que se tiene un pensamiento mágico y todo aquello que no se explica ellos lo cubren con su fantasía.

Con frecuencia niños y niñas sienten culpa por causas que no les corresponden, han tenido miedo de acercarse a sus abuelos, de salir a la calle, de interactuar con otros iguales, cuando todo esto forma parte de su desarrollo socioafectivo. Por eso es importante aclarar que ellos no tienen ninguna responsabilidad en lo sucedido y que nosotros no nos vamos a morir, miedos que también aparecen con frecuencia. Hay que infundirles seguridad. En este sentido hay creencia muy dañina que asegura que ellos no se enteran de nada, que les da igual y que es mejor no decirles nada. Esto puede resultar tan perjudicial para ellos como explicarles todo con pelos y señales.

–Cuando la ansiedad se presenta, ¿cómo hay que proceder?
–La ansiedad del niño y del adolescente puede ser la voz, el síntoma, de lo que está ocurriendo en la familia. Ellos son esponjas emocionales que absorben todo lo que ocurre en el ambiente que les rodea. Llegan a la consulta con toda una sintomatología y cuando exploras posibles factores que han influido con frecuencia encontramos problemas de pareja, infidelidades, dinámicas familiares disfuncionales, conflictos con las familias de origen, etc., que terminan afectándoles a los menores.

Desde la perspectiva de la psicología sistémica defendemos la importancia de que haya jerarquías en el seno familiar para que los adolescentes sientan la seguridad y protección de una figura de autoridad, algo muy diferente al autoritarismo. Por supuesto, un adolescente vive un proceso de diferenciación de sus padres e intenta separarse e independizarse emocionalmente de sus cuidadores primarios. Por ello, es normal que realice transgresiones constantes, provocaciones y busque los límites. Pero mientras él reta a los padres, éstos deben responder colocándose en su lugar.

A menudo el problema está en que en los adultos no cogemos el lugar que nos toca y entramos en conflicto con ellos poniéndonos a su nivel.

Los adolescentes no tienen el cerebro lo suficientemente maduro, pero nosotros sí, con lo que no deberíamos caer en sus provocaciones. Deberíamos saber cortar la discusión de manera que él o ella tuviera claros los límites y nosotros saber que se están entrenando para independizarse y que todo ello forma parte de su etapa evolutiva. La función del adolescente es trasgredir los límites y el papel de los padres contener y mantenerlos. La corteza prefrontal del cerebro del adolescente no termina de madurar hasta los 22-24 años. Esta área está relacionada con las funciones ejecutivas y su impulsividad es normal porque aún no tienen nuestra capacidad de auto-regulación. Pero las familias están muy perdidas porque además también sienten ansiedad en muchos casos por el estrés en el trabajo o por miedo a perderlo o por problemas económicos…

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–¿Y cómo educar cuando nos sentimos perdidos, algo que por otra parte nos puede suceder a todos como adultos?
–Yo siempre digo que todos pasamos micro-duelos en nuestro día a día: cuando nos contestan mal en el trabajo, cuando no nos sale aquello que buscábamos… Y es importante procesar estos micro-duelos y tolerar esas emociones desagradables como pueden ser la tristeza, el miedo o el enfado porque son emociones adaptativas necesarias. Hay veces que se las hemos evitado a los niños porque no queremos que sufran, pero no es adecuado.

También es cada vez más frecuente que nos desconectemos de la realidad y de nosotros mismos a través de la tecnología.

Y si nosotros adultos, no procesamos estos micro-duelos tampoco seremos capaces de acompañar a los más pequeños en el proceso de transitar emociones que forman parte de la vida. No pasa nada porque estés triste y ni que porque tu hijo te vea llorar, otra cosa es que te vea derrumbada o deprimida. Pero reconocer distintas emociones desagradables es sano y conviene darse el permiso dentro del contexto familiar de decir: “Estoy triste porque echo de menos al abuelo”. No obstante, en muchos casos en las casas suele ser tabú hablar de las emociones negativas y de las pérdidas.

–¿Por qué somatizan los niños y los jóvenes?
–Cuando el cuerpo está hablando por nosotros es que antes no hemos sido capaces de poner palabras a lo que sentimos y entonces el cuerpo da un grito de socorro a través de una lesión, de un dolor de barriga o de un trastorno en la piel. Es otra de las consecuencias de vivir desconectados de nosotros mismos.

Las somatizaciones son la forma en la que el cuerpo nos avisa de lo que ocurre en nuestro interior y en los más pequeños están al orden día porque ha sido mucho lo que han estado reprimiendo y conteniendo esos últimos meses, lesiones en las que es importante intervenir para elaborar lo que ha quedado pendiente.

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–¿Los rituales colectivos podrían ayudarnos?
–Ha habido durante la pandemia rituales como el de salir a aplaudir todos a los sanitarios a las 20h que nos ha ayudado porque además de un homenaje a los que realizaban un máximo esfuerzo era un momento de encuentro con la comunidad, con los vecinos, un apoyo emocional y un momento de disfrute colectivo. Ahora habría que buscar una forma común de intentar sanar las heridas que todos tenemos por lo vivido.

En nuestro centro siempre recuerdo que debemos ser más disciplinados que nunca a la hora de auto-cuidarnos y de reservar momentos de disfrute, de relajación y de descanso. Es importante darnos el permiso para salir del marco de la hiper-exigencia en la que hemos estado inmersos estos últimos meses porque era una cuestión de supervivencia.

La pandemia nos ha cambiado a todos y debemos ser conscientes de ello, entre otras cosas hemos aprendido que ya no podemos planificar a largo plazo y que es importante disfrutar lo más posible de cada día.

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