Testimonio

"La timidez me costó mi trabajo"

Ramón Soler

A través de la historia de una persona que superó este bloqueo, recorremos el camino para sanar las heridas que nos llevan a dejarnos dominar por el temor.

La timidez es un freno, un bloqueo de la tendencia natural del ser humano a intercambiar (conocimientos, bienes, ideas y/o sentimientos), comunicar su mundo interior y socializar con las demás personas.

Con frecuencia este retraimiento surge en una temprana edad y se consolida como mecanismo de protección para evitar amenazas o castigos físicos y/o psicológicos. Pasado el tiempo, ya en la edad adulta, tras años de padecerla, la timidez (que no debemos confundir con un rasgo de personalidad de las personas introvertidas) puede convertirse en un gran lastre para la vida de las personas que la sufren.

El testimonio de Juan Antonio y su camino de sanación

Dime, Juan Antonio, ¿qué te ha decidido a dar el paso de buscar ayuda psicológica?
No soy capaz de conservar ningún trabajo por culpa de mi timidez. Hace dos semanas me echaron de mi último empleo por no conseguir hablar durante una reunión. Me bloqueé cuando tuve que exponer un tema delante de mis superiores.

Háblame un poco más sobre cómo experimentas la timidez.
Se me hace muy cuesta arriba tener que hablar en público o relacionarme con mis superiores. Nunca me ha gustado ser el centro de atención y, cuando tengo que serlo, me bloqueo. Tengo mucho miedo al ridículo, a sentirme observado. Intento evitar este tipo de situaciones siempre que puedo.

Comenzamos a trabajar para profundizar en su problema y, en la cuarta sesión, Juan Antonio llegó a un recuerdo de una situación traumática que había vivido en un internado en el que pasó varios años en su infancia. Para conectar de forma más directa con la memoria, trabajamos en un estado de relajación suave, a través del cual es más sencillo acceder a las emociones y los recuerdos.

Siento ansiedad y presión en el pecho.

Deja que esa sensación te lleve atrás en el tiempo y te conecte con otros momentos en los que has sentido algo parecido.
Me viene a la memoria una situación desagradable en el internado. Me equivoqué y entré en la fila que no era. El profesor me dio un par de bofetadas fuertes.

¿Qué sientes cuando te pega?
Miedo, mucho miedo y vergüenza. Todo el mundo me está mirando. No puedo ni llorar.

¿Cómo reaccionas? ¿Qué haces entonces?
Cuando él me para, me coge del brazo y me da dos tortas, yo me quedo petrificado. Aguanto. Noto la ansiedad por equivocarme. El profesor se arrepiente y me pide perdón pero yo me quedo con la culpa y con la idea de que me he equivocado. Me ha pegado por no estar atento.

¿Qué pasa por tu cabeza?
Quizá sea ese el origen de no confiar en mí mismo. Por culpa de mi error soy motivo de burla. Se ríen de mí. Creo que yo quiero llorar y no puedo. Me quedo con la congoja y el bloqueo.

“Cuando tengo que dar mi opinión, siento el mismo miedo a quedar en ridículo que cuando era niño”

Y ahora, en tu vida, ¿sientes algo parecido en algún momento?
Cuando tengo que tomar una decisión o dar mi opinión. No quiero quedar en evidencia. Siento la misma presión en el pecho. Va aumentando hasta que me bloquea. Se me cruzan muchos pensamientos por la mente que me impiden concentrarme. “¿Qué tengo que hacer o decir para no quedar en ridículo?” Y al final, no digo nada.

Volvamos a la imagen del niño en el internado.
Siento inseguridad e impotencia. Veo la reacción del profesor injusta y desproporcionada. Me ha pillado totalmente desprevenido y no puedo hacer nada.

¿Qué guarda el niño de toda esa escena?
Se me forma como un nudo en el estómago, una bolsa donde guardo el miedo al ridículo, el bloqueo, la ansiedad...

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Si pudieras ir a hablar con ese niño, ¿qué le dirías?
Le explicaría que el error no ha sido tan importante. No ha sido tan grave como el castigo de las bofetadas. El que se ha equivocado ha sido el profesor. Ahora lo veo de forma diferente. Me apetecería coger esa bolsa y lanzarla lejos, al jardín, muy fuerte.

Ahora puedes hacerlo. Ayuda al niño a lanzar esa bolsa bien lejos.
Me siento más desahogado, como si hubiera soltado la furia.

¿Cómo se siente el niño? ¿Qué hace ahora?
Me siento con más seguridad, sin miedo al qué dirán. Me paro, admito mi error y vuelvo a mi sitio sin mayor problema. He reaccionado y me vuelvo a mi fila. Estoy un poco nervioso, pero nada más. Miro al profesor, como en un duelo de miradas, él se frena y recapacita. No se siente tan superior. Yo me creo igual que él, incluso más. Me siento más lleno, más capaz y más seguro de mí mismo.

No podemos cambiar el pasado, pero sí el punto de vista sobre él.

Ahora puedes observar aquella escena desde otra perspectiva que te ayude a liberarte de esa carga tan negativa. Y seguro que puedes traerte un importante aprendizaje para tu presente.
Ahora puedo plantarle cara a los problemas, asumir las responsabilidades del error y aprender para otra vez. Me siento mucho más seguro.

Siente esa seguridad. Imagina que le das un color para recordarla cuando quieras.
Sería un verde claro. Me veo con más seguridad cuando tengo que tomar alguna decisión o responder a algo importante frente a algún superior.

Seguimos trabajando, reforzando la confianza, y vamos a otra sesión importante en la que el problema ya no está en el colegio, sino en el seno de la familia. Juan Antonio recuerda una escena en la que, siendo él muy pequeño, su abuela le castigó por orinarse en la cama.

Recuerdo a la abuela, que falleció cuando yo tenía 7 años. Estuve viviendo con ella una temporada, entre los 3 y los 4 años. Me veo de pequeño, sentado en una mecedora. Tengo una sensación incómoda, es como si estuviera castigado. No estoy feliz ahí.

Respira profundo y déjate llevar, para conectar mucho más con ese recuerdo.
Visualizo cómo el niño está triste. Se siente solo. Parece castigado por haber hecho algo mal. Me enseña una cama orinada. Se ha orinado de noche y está castigado. Está en la mecedora y la abuela no le deja salir pero él no sabe cómo hacer para no orinarse más.

¿Qué es lo que ha pasado?
No es su casa. La casa de su abuela es muy grande y antigua. Él tiene miedo de la oscuridad. Por no levantarse, aguanta y, al final, no puede más y se le escapa el pis. Por la mañana se levanta angustiado, sabiendo que le va a caer un rapapolvo. La abuela le echa una bronca delante de sus primos.

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¿Cómo te sientes en ese momento?
Muy culpable y avergonzado porque sé que he hecho algo mal. Ella me ha ridiculizado y por eso también siento un poco de odio hacia los mayores. Pero me callo. Me aguanto. Estoy de prestado allí, no es mi casa y no están mis padres.

¿Qué pasa, entonces, con el niño a partir de ese momento?
Me voy cerrando poco a poco. Me hago un caparazón y procuro no exteriorizar nada. Esta ha sido siempre mi manera de enfrentarme a las cosas. Ahora reacciono igual que el niño. Me cuesta enfrentarme a los comentarios negativos. No soy capaz de defenderme.

Además de la vergüenza y la culpa, me decías que te sentías solo en casa de tu abuela. ¿Dónde están tus padres?
No me han contado mucho sobre aquella época. Creo que trabajaban fuera y yo me tenía que quedar con mi abuela. Me dijeron que ella fue la que me enseñó a no orinarme pero no lo hizo de la forma correcta.

¿Cómo te hubiese gustado que te trataran? ¿Qué crees que habrías necesitado?
Veo que el niño no debería estar ahí, tendría que estar con sus padres. El niño querría que fuesen ellos los que le ayudasen a superar el tema. Yo hablaría con mis padres y les diría que quiero ir a casa y aprender allí, con ellos. Creo que, con mis padres, no sentiría tanta vergüenza ni miedo al castigo.

Imagina las dos escenas y siente las diferencias entre una y otra.
Pondría la escena de mis padres tapando la de mi abuela. Les repito que no quiero estar con ella, que quiero ir a casa. Les digo que me da igual que trabajen, un niño tiene que estar con sus padres. Deberían haber buscado la forma para que pudiera estar con ellos.

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Y a tu abuela, ¿qué le dirías?
Le diría que esa no es manera de tratar a un niño, que debería ser más comprensiva y pensar que me sentía solo y tenía miedo a la oscuridad. Se lo diría enfadado, elevando la voz. No tenía derecho a tratarme así.

¿Cómo te sientes después de haber expresado lo que sentías?
Al haber soltado todo lo que tenía guardado, veo al niño más feliz, con la cara más iluminada.

¿Qué es lo que quieres a partir de ahora? ¿Qué nuevo mandato quieres en tu vida?
Hacerme valer más. Poder hablar y expresar mis opiniones sin que me importe qué piensan los demás. Ahora me siento más iluminado, con más predisposición para defenderme.

Entonces, ¿cómo puedes aprovechar todo esto que estás aprendiendo hoy en tu vida diaria?
Veo que ahora ya no tiene sentido quedarse callado. Ya no hay peligro. Nadie me va a castigar o a pegar si me equivoco. Si me echan de un trabajo, ya encontraré otro, pero no voy a permitir que me echen por quedarme callado. Eso ya no va a volver a pasar.

¿Cómo liberarse del yugo de la timidez?

Analizar si lo nuestro es, en realidad, introversión

La introversión es un rasgo de personalidad que comparten aquellas personas que no necesitan estar rodeadas de gente para sentirse bien y que, de hecho, se encuentran más a gusto en situaciones sosegadas e introspectivas que en reuniones tumultuosas. Sin embargo, el no buscar relacionarse socialmente no resulta indicativo de la timidez.

Identificar el origen del problema

El problema del exceso de timidez surge cuando, debido a un cúmulo de experiencias negativas, una persona se encierra en sí misma hasta el punto de no ser capaz de expresar lo que piensa o siente. En situaciones sociales, se bloquea de tal forma que puede llegar incluso al extremo de no defenderse cuando sufre algún tipo de agravio o agresión.

Conviene identificar esas experiencias que nos marcaron.

Buscar estrategias para desprogramarla

Tomar conciencia de las circunstancias que provocaron esta reclusión en el pasado ayuda a desprogramar la respuesta negativa de aislamiento.

La coraza que creamos en su momento para protegernos y sobrevivir en aquellas vivencias adversas ya no tiene sentido en nuestro presente. En la actualidad, puesto que solo nos causa problemas, tenemos que trabajar para deshacernos de esta armadura que en su momento nos ayudó a sobrevivir.

Convertirse en agente del propio cambio

El cambio llega cuando la persona comprende que ya no necesita protegerse con el mutismo, que ya no debe callar para que los demás no se enfaden. Tras esta toma de consciencia, la persona ya es capaz de defenderse de una forma mucho más asertiva, hablando y expresando sus deseos

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