Nuevos propósitos

Testimonio: "No conseguía terminar una dieta y mi terapeuta me ayudó a saber por qué"

Ramón Soler

Seguir una dieta, caminar a diario o estudiar un curso de formación. Muchas personas se marcan objetivos para cambiar su vida pero son incapaces de cumplirlos. Aunque la falta de constancia parece la principal responsable de estos continuos fracasos, las causas reales se esconden profundamente en su inconsciente.

A veces nos marcamos objetivos para cambiar cosas que no nos gustan en nuestra vida (comer bien para adelgazar, hacer deporte para estar sanos, seguir un curso para buscar un buen trabajo...). Sin embargo, muchas personas se ven incapaces de asumir esos objetivos o retos personales.

Aunque empiezan motivados, siempre acaban abandonando el buen propósito. Se culpan por ello, pero en realidad no se trata solo de un problema de falta de constancia: muchas veces el origen de este patrón se esconde en el nuestro inconsciente.

El caso de Paula en consulta: no conseguía terminar una dieta

Paula conocía todas las dietas disponibles en el mercado. Las había probado todas sin lograr éxito alguno. Nunca conseguía seguirlas hasta el final o perder el peso que deseaba. Siempre que comenzaba alguna nueva, al poco tiempo la abandonaba y volvía a sus malos hábitos alimentarios. Desesperada, acudió a mi consulta para intentar indagar sobre las razones de su falta de constancia.

Cuéntame, Paula, ¿qué te sucede cuando haces dieta?
No puedo evitarlo, siempre que empiezo una dieta, todo va muy bien al principio, pero tarde o temprano la dejo y vuelvo a comer más de la cuenta. Comienzo con mucha ilusión, pero no sé qué me pasa, que siempre las abandono.

¿Cómo son las recaídas? ¿Has notado si sucede algo especial que te haga recaer?
Casi siempre me pasa lo mismo. Voy siguiendo la dieta con constancia mientras no ocurre nada a mi alrededor, pero cuando hay algún problema, la abandono y vuelvo a comer. Puede ser una discusión con mi marido o un disgusto en el trabajo, cualquier cosa que me estrese me hace dejar la dieta.

Háblame un poco de esas situaciones que te generan estrés y cómo reaccionas ante ellas.
Pues cuando me preocupa o me provoca ansiedad, no sé afrontarlo. Mi mente se bloquea, siento que no soy capaz de hacer nada.

¿Y qué haces entonces?
Pierdo el control de mis actos y me lanzo, corriendo, a buscar comida. Prefiero el chocolate y los dulces. Eso me calma. Con la comida me olvido de todo, como si los problemas no existieran. Pero, claro, después de comer, los problemas siguen ahí y yo he ganado kilos.

¿Cómo te sientes entonces?
Me alivia en un primer momento, pero después me siento fatal, muy culpable. No debería haberlo hecho, pero he sido tonta y no he podido controlarme. Me prometo no volver a hacerlo, pero siempre lo repito. Y cada vez me siento peor.

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Para Paula, la comida era su mecanismo para combatir el estrés. Por mucho que se esforzara en su dieta, el impulso de calmar la ansiedad con la comida era muy superior. Mientras no trabajáramos su forma de manejar la ansiedad, ninguna dieta conseguiría ayudarla porque siempre acabaría recayendo en su antiguo hábito.

Paula, vamos a investigar la relación entre la ansiedad y la comida. ¿Recuerdas cómo comenzaste a recurrir a la comida cuando te sentías mal?
Empecé a coger peso en la adolescencia, con mi primer novio. Él era muy celoso y discutíamos mucho por este motivo. Debería haberle dejado, pero seguí con él durante cuatro años.

¿Y qué pasaba cuando discutíais?
Yo protestaba y me defendía, pero siempre volvía a casa con una tensión tremenda en el estómago. Al llegar, iba directa a la despensa o a la nevera y cogía cualquier cosa para comer, preferentemente algo dulce. Recuerdo estar tumbada en el sofá, de noche, yo sola, tomándome un bizcocho o una tarrina de helado. Solo entonces me relajaba.

¿Había otros momentos donde también recurrieras a la comida?
También me iba mal en el instituto. Me entretenía con otras cosas y no prestaba atención en clase. Dejaba el estudio y los trabajos para el último día y comencé a suspender, cosa que no me había pasado antes. Las épocas de exámenes eran muy estresantes porque mis padres me presionaban mucho para que estudiara, pero yo no tenía ningún interés. También recuerdo estar estudiando a toda prisa, siempre con algo de comida en la mesa. Creo que, entre lo de mi novio y los estudios, empecé a coger peso.

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Vamos a conectar con eso que me dices, Paula, con la sensación que me comentabas en relación a tu novio y con los estudios, de cómo haces esa asociación, en qué momento anterior has vivido situaciones de estrés y has tenido a tu disposición comida para calmarte.

Déjate llevar más atrás en tus recuerdos...
Lo primero que me viene es un recuerdo de pequeña, jugando en un parque cerca de mi casa. Veo a mi abuela, pero me parece que no está mi madre. Aquí me lo estoy pasando bien, no sé qué tiene que ver con la comida.

No te preocupes, vamos a ver qué pasa un poco más adelante.
Sigo jugando. Estoy con una amiga en un balancín y, de pronto, me caigo. No es una caída muy grande, pero me asusto y me hago daño en la rodilla. Tengo una rozadura y me sale sangre. Empiezo a llorar. Me duele, pero, sobre todo, me llama la atención lo que pasa por mi cabeza. Tengo una mezcla de emociones; por un lado, la sorpresa de estar jugando y haberme caído, y también me preocupa que me vayan a regañar por haber sido torpe o algo así. No sé cómo reaccionar y me quedo en el suelo llorando.

¿Y qué hacen los demás? ¿Está tu abuela por ahí?
Sí, mi abuela se acerca y me dice que me levante, que no ha sido nada y que siga jugando. Yo sigo llorando, la rodilla me duele. Entonces, ella saca la merienda que tenía preparada, un bollo con chocolate, y me lo da. Me dice: “Anda, tómate el bollo y verás cómo se te pasa”.

¿Y qué sucede entonces?
Pues que me consuelo con el bollo. Ya que no me hace caso y no presta atención a mi llanto y mi dolor, me concentro en el sabor del chocolate. Está dulce, rico, y es verdad que me distrae del dolor. Hasta parece que me duele menos.
Empiezo a recordar otras escenas de pequeña. En todas pasa algo, me hago daño o me llevo un disgusto por algún motivo. Y mi abuela, pero también mi padre o mi madre, siempre hacen lo mismo, me dan algún tipo de dulce para distraerme. En mi familia era muy habitual “callar” a los niños con comida.

¿Qué aprendiste, entonces, con esta estrategia?
Cuando me pasa algo malo, mi solución es ir a buscar comida. Es lo que he hecho siempre, lo que me han enseñado. Los dulces calman el dolor, pero así se aprende una forma muy negativa de calmarlo.

¿Y qué pasa con tus emociones? ¿Con el dolor o el enfado?
En el momento, cuando estoy comiendo, se queda todo como en pausa. La comida lo tapa todo y me relaja. Es como si adormeciera los disgustos. Y, al día siguiente, hago como si no hubiera pasado nada y continúo con la vida. Realmente, no hago nada para solucionar los problemas.

¿Qué consecuencias tiene, entonces, en tu presente? ¿Qué pasa con las dietas? ¿Por qué no eres capaz de mantenerlas?
Los dulces son mi forma de calmar el dolor. ¿Cómo voy a deshacerme de la única forma que conozco para superar mis problemas? Pero, claro, no los supero. Los problemas siguen ahí, solo que yo voy ganando peso.

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Paula rompe a llorar cuando se da cuenta de cómo aprendió, o mejor dicho, le enseñaron, esta forma tan dañina de afrontar las emociones negativas ocultándolas con comida.

¿Qué sientes, Paula?
Nunca lo había visto tan claro como ahora. El problema no son las dietas, sino que no sé qué hacer con mi dolor. Aunque sea la mejor dieta del mundo, como no sé qué hacer con mi dolor cuando tengo una crisis, siempre recurro a la comida. Es lo que me han enseñado.

Recuerda la escena de la caída del balancín. ¿Cómo te hubiese gustado que actuase tu abuela?
Pues pienso que se podría haber acercado a acompañarme un poco. No me podía evitar el dolor, pero debería haber mostrado un poco de empatía y solidaridad. Y, sobre todo, se podía haber ahorrado lo de taparme la boca con el bollo. Habría sido mejor que me dejara llorar. Me dolía, ¿qué quería que hiciera?

¿Era habitual en tu familia usar la comida para acallar el dolor?
Sí, constantemente. No solo mi abuela, mis padres y mis tías también lo hacían. La escena del balancín es una de las muchas que recuerdo. Siempre era igual, cuando yo me enfadaba o lloraba porque me había hecho daño, me daban una galleta u otro dulce para que me callara. Y la frasecita que me grabaron era “anda, que no es nada, toma esto”. De hecho, ahora me doy cuenta de que todos ellos también hacen lo mismo. Cuando tienen algún disgusto, siempre están comiendo. Parece que la comida lo tapa todo. Yo lo he visto desde pequeña y lo sigo repitiendo.

Ahora que puedes ver tu historia con la comida en perspectiva, ¿qué quieres hacer? ¿Qué quieres quedarte y qué quieres cambiar?
Ahora entiendo que esa no era una forma sana de afrontar los problemas o las situaciones dolorosas. Quiero liberarme de eso. Quiero poder enfadarme, protestar o llorar cuando lo necesite. Es mi derecho. Quiero que la comida sea solamente comida, que no sea mi almohada para las lágrimas.

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