Cuenta un relato tradicional que un sultán regaló un polluelo de águila a un rey para su jardín privado. Dos años después, el ave aún no sabía volar. Esto frustraba al monarca, ya que le habían asegurado que aquel sería el pájaro que más alto volaría. Lo había hecho cuidar con gran esmero y nunca le había faltado nada, pero seguía en su rama, sin levantar el vuelo.

La irritación del rey crecía cada día. Los mejores adiestradores del reino fueron llamados para enseñarle a batir las alas, pero fue en balde. Indignado, finalmente ordenó que lo mataran.

Antes de que eso sucediera, un criado que había tomado cariño al pájaro pidió al rey que le diera una última oportunidad. Este se la concedió. Y ese mismo mediodía llamaron al monarca al jardín. Entonces contempló con asombro cómo el águila surcaba los cielos. Al preguntar al criado cómo lo había logrado, el sirviente contestó: «Fue muy fácil, Majestad. Simplemente corté la rama».

cómo nos influye la historia familiar

Alejandro Jodorowsky, padre de la psicomagia, planteaba la siguiente pregunta: «¿Dónde canta mejor el pájaro?» Y daba él mismo la respuesta de forma brillante: «En el árbol genealógico».

No es casual que llamemos «árbol genealógico» a la historia de nuestra familia: somos la rama de un árbol cuyas raíces se pierden en las profundidades del tiempo. De hecho, la influencia de los padres –con su presencia o ausencia– sobre la vida de los hijos es tan importante como los genes.

Un buen ejemplo de ello es Ziauddin Yousafzai, el padre de Malala Yousafzai, la joven ganadora del Premio Nobel de la Paz. Nacida en un valle de Pakistán gobernado por los talibanes, como niña tenía pocas o ninguna oportunidad de estudiar, pero el amor de su padre la empoderó para que se formara. En 2012, siendo una adolescente, Malala sufrió un atentado en el autobús que la llevaba a la escuela, siendo ya activista a favor de la educación de las mujeres. Los talibanes la hirieron con disparos de fusil en el cráneo y el cuello. Tras varias semanas en coma, volvió a la vida.

El padre de la joven afirma en su biografía Libre para volar: «Cuando digo de Malala que 'No le corté las alas', lo que quiero decir es que cuando era pequeña rompí las tijeras que usaba la sociedad para cortarle las alas a las niñas. No dejé que esas tijeras se acercaran a Malala. Quería dejarla volar alto en el cielo, no escarbar en un patio polvoriento, basado en las normas sociales».

Sentir las raíces para realizarnos

Esta famosa obra “El hombre de Vitruvio” de Leonardo da Vinci muestra a un hombre en equilibrio. Su postura encarna el axis mundi, el mítico árbol de la vida que conecta la tierra y el cielo. Su línea media entra desde el cielo por el centro de la cabeza, atraviesa el cuerpo y sale de entre el coxis y el pubis para seguir su camino hacia la tierra.

Dado que todo ser humano es raíces y alas, debemos aprender a bajar desde el cielo hacia la tierra. No basta conectar con lo mental, con el mundo de las ideas y la fantasía; necesitamos sentirnos enraizados, sostenidos por la tierra para realizarnos. Y eso incluye a nuestros padres y ancestros.

Mantener la cabeza alta, con una perspectiva amplia, pero con los pies en el suelo, trabajando en lo que podemos hacer en cada momento, nos procura el equilibrio y el progreso. Sándor Weöres, un poeta húngaro del siglo XX, lo plasmó así: Hay un único conocimiento, el resto es solo una extensión: la tierra la tienes debajo, el cielo está encima de ti, y la escalera la encuentras dentro.

 

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Ejercicio para conectar con tus raíces

Este sencillo ejercicio te ayudará a conectar tus raíces con el cielo:

  1. Siéntate en un almohadón o una silla, con la espalda recta y los pies en el suelo sin cruzarlos. Respira lenta y profundamente, centrando tu atención en el aire.
  2. Entrega el peso de tu cuerpo a la silla, o al suelo. Nota cómo te pesan los hombros, las caderas, cómo descansan las piernas, los pies. Mantén la columna recta, pero relajada.
  3. Imagina ahora que tu coxis crece hacia abajo, como una raíz que atraviesa el suelo y entra en la profunda oscuridad de la tierra. Siéntete conectada a ella.
  4. Siente la energía de la tierra. Poco a poco eleva tu atención por tu columna hasta la cabeza y sal de ella, sintiendo el Cielo sobre ti. Luego, baja al corazón y siente centrada allí.