Buscando la felicidad

8 actitudes para ser feliz en el mundo real

Or Haleluiya

Aunque el estado de felicidad sea difícil de definir, es una ambición universal que la sabiduría budista ha encarado de manera tan práctica como profunda.

La felicidad… ¿qué es exactamente? ¿Un estado de ánimo? ¿Un estado psicocorporal? ¿Una manera de ser? ¿Un estilo de vida? ¿O una práctica?

La tradición budista considera la felicidad como el producto de la libertad de elegir la amabilidad ante cada situación y persona. La libertad y la felicidad son prácticas holísticas que engloban todas las facetas del ser humano: la física, la intelectual, la moral y la espiritual.

Alcanzar la felicidad a través de distintas vías que se complementan

El llamado óctuple sendero es una de las enseñanzas fundamentales del budismo para alejarse del sufrimiento y consiste en una práctica dirigida al desarrollo de la libertad que todos podemos aplicar a nuestro día a día.

Podemos realizar la práctica cada semana dedicándola a enfocar la atención en uno de los puntos desarrollados a continuación e ir comprobando cómo afecta esto a nuestra libertad y nuestra felicidad.

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Destacan estos elementos que se refieren y potencian los aspectos mentales de la práctica.

1. Visión clara

La práctica empieza cultivando la capacidad de ver, reconocer y creer que existe la posibilidad real de transformar el sufrimiento en un estado mental de libertad. Se trata de reconocer que tenemos la opción de cambiar nuestra manera de ver la realidad, de pensar y de actuar; esta es la libertad de la que siempre partimos.

Shariputra, el discípulo del buda Sakyamuni, usaba el símil de las hierbas malas y buenas en nuestro interior. Comparaba las tendencias de nuestro carácter con plantas, que buscan siempre crecer. Contenemos todas las semillas, desde la codicia y la pereza a la valentía y el amor. Depende de nosotros decidir qué tendencias queremos cultivar y cuáles preferimos dejar sin abono.

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2. Pensamiento útil

Hay todo tipo de pensamientos: abstractos, racionales, analíticos, creativos y artísticos, pero se podrían dividir en aquellos pensamientos que apoyan el camino que elegimos y aquellos que nos alejan de él.

Si hemos elegido desde el corazón, la mente y la tripa ser felices, ligeros, flexibles, calmados y pacíficos, tendremos que seleccionar con más cuidado los pensamientos que condicionan nuestra habla y conducta. No hace falta creerse todo lo que dice la mente. Muchos de nuestros pensamientos no son nuestros, sino de la sociedad, de nuestros padres o de nuestros hábitos viejos.

Cuando se va al mercado a comprar frutas, primero se observan, tocan y huelen antes de pagar. Lo mismo se puede hacer con los pensamientos. Se puede elegir verlos como una invitación; se puede creer en ellos o decirles de manera educada pero firme “ahora no, gracias” y sustituir esos pensamientos por otros más constructivos.

Es recomendable observarlos. Si reconocemos un pensamiento repetitivo, que no apoya el camino de la liberación, podemos escoger entre llevar la atención a la respiración para calmar la mente, como si esta fuera un niño que llorara, o bien podemos cantar, bailar o repetir una afirmación que nos toque el corazón, (podemos, por ejemplo, dar las gracias por la perfección con que nuestro planeta gira alrededor del Sol).

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La ética está considerada la base sobre la cual los pensamientos y las prácticas poco sanas terminan y donde empiezan los estados meditativos superiores.

3. Habla amable

La manera en que uno se expresa tanto verbalmente como a través del lenguaje corporal y la mirada, está directamente relacionada con el pensamiento. El habla amable incluye la manera en que uno se habla a sí mismo, el tono de voz que usa y el volumen, aunque solo sea en su propia cabeza.

Cada pensamiento o palabra, sea expresada o no, tiene un efecto real sobre el cuerpo, incluso a nivel químico y mecánico (por ejemplo, en la postura corporal).

Así que la práctica del habla amable empieza con una escucha activa.

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Escucha qué te susurra tu corazón

En muchas personas, el diálogo interno suena a algo parecido a: “qué tonta soy”, “tengo que hacer x, y o z y no tengo tiempo “, “tendría que haber dicho/hecho esto o aquello “, “nadie me entiende/aprecia/quiere”, “estoy sola”, “no se puede confiar en nadie”, “la vida es dura”, “no disfruto de nada”, “no me gusta nada de esto”, “lo que quiero no lo tengo”, “lo que tengo no lo quiero”, “no puedo aguantar a esa persona “ o incluso frases aparentemente inocentes como “el calor/el frío me mata” o “me muero de hambre”.

Todas son declaraciones que provocan unas sensaciones de agobio y de contracción no solamente emocional, sino también muscular y respiratoria. El habla puede crear muros o abrir puertas.

Para empezar esta práctica, se recomienda empezar a hablar con uno mismo como si se fuera un bebé de menos de un año, y hablarse con ternura y dulzura para acostumbrarse a un tipo de lenguaje compasivo y amoroso. Es decir, tal como nunca dirías a un bebé: “tonto”, “¿cómo es que no te puedes poner sobre dos piernas y caminar?” o “patoso”, evitarás dirigirte este tipo de frases cuando las cosas no salgan exactamente a tu gusto.

Cuando uno ya se siente cómodo con este nuevo tono más agradable y se han observado los beneficios, se puede empezar a razonar con uno mismo. Se puede, por ejemplo, elegir sacar algunas palabras del diccionario personal, como “controlar”, “empujar” o palabrotas de todo tipo.

El habla amable es toda una práctica de sensibilidad y disfrute de la comunicación fluida y comprensiva. Lo más importante es simplemente disfrutar del habla y la escucha conscientes.

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4. Actuar con compasión

El planeta es nuestro hogar con sus innumerables habitantes de todos los tamaños y colores, y está enteramente ligado a nuestra libertad personal. En el budismo se consideran como “actuar correcto” a aquellas acciones que promueven tanto la libertad propia como la del entorno.

Nuestra felicidad individual depende de la felicidad colectiva. La libertad de acción implica valorar qué acciones suman a la armonía colectiva y cuáles son una carga. Por ejemplo, las mentiras limitan tanto nuestra libertad y felicidad como las de los demás. Para desarrollar la felicidad es importante respetar la libertad de las personas con las que nos relacionamos.

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5. Vivir correcto

Si bien es cierto que las condiciones necesarias para cambiar de trabajo pueden no estar visibles de entrada, si enfocamos nuestras acciones y nuestra práctica hacia lo que nos importa, las condiciones pueden acabar apareciendo. Al menos, las opciones de mejorar las existentes.

El ejemplo más claro es el ecosistema: cuando la economía de nuestra sociedad depende del abuso y la contaminación de los recursos naturales, la libertad de cada uno de nosotros se ve afectada.

El óctuple sendero apunta finalmente a una transformación de la sociedad. Esto es imprescindible porque formamos parte del mundo y no podemos aspirar a una libertad personal separada del resto de lo que somos, del resto del planeta Tierra.

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6. Ser diligente

Todo requiere trabajo. Buscar el placer sensorial es un trabajo. Creer que nuestra felicidad depende de una pareja, un estatus social o cualquier otra cosa externa, requiere también un trabajo.

La diligencia adecuada significa tener claro qué buscamos realmente y enfocar nuestros esfuerzos hacia esta dirección. Para la práctica del óctuple sendero, el cuidado de la diligencia consiste en estar atentos y prestar atención a aquello en lo que invertimos nuestra energía.

Si estamos acostumbrados a surfear internet antes de dormir pero vemos que este hábito se ha convertido en una carga para el desarrollo de las semillas que queremos cultivar, ser diligente implicaría renunciar alegremente a esta costumbre. Lo que parece una privación se convierte en la realización de nuestra libertad de escoger una vida dirigida hacia aquello en lo que creemos.

La renuncia a ciertos hábitos materiales o mentales es la base de nuestro libre albedrío, de nuestra libertad. Al escoger lo sano que nos encamina en la dirección elegida, se experimenta una gran sensación de alivio y satisfacción.

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7. Conciencia lúcida

La palabra sánscrita que se traduce a menudo como conciencia es smriti, que literalmente significa “recordar”.

Todos sabemos que las cosas no son como parecen. Siempre hay detalles que escapan a nuestra vista o comprensión. Cuando brilla la luna, por ejemplo, nuestra mente podría apenarse, si quisiera, por no ver el sol, pero la práctica de la conciencia lúcida es reconocer que los dos están presentes en todo momento, lo que pasa es que según el momento del ciclo brilla cada uno en una parte del mundo.

Un dolor agudo, físico o emocional puede captar toda nuestra atención, pero la conciencia lúcida lleva también a reconocer la salud en el resto de nuestro cuerpo, a apreciar la capacidad de los demás órganos para seguir funcionando con agilidad.

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8. La práctica de concentrarse

Alcanzar a ver las cosas como realmente son es toda una práctica de vida. Ver las personas y las cosas sin nuestros prejuicios, críticas, traumas y sueños es la máxima aspiración para poder quedar libres de nuestros condicionantes mentales. ¿Cómo sería nuestra vida si afrontáramos cada situación con ojos frescos?

Cada día es diferente. No dejamos de cambiar, tanto nosotros como el entorno. Con “concentración aguda” podemos preguntar abiertamente a cada situación por lo que es necesario hacer ahora. La respuesta procederá directamente de la intuición, si estamos conectados con nuestras necesidades.

Bibliografía recomendada

  • M. Ronsenberg. Comunicación no violenta (Ed. Gran Aldea)
  • T. Nhat Hanh. Felicidad (Ed. Kairós)
  • J. Campbell. En busca de la felicidad (Ed. Kairós)

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