Naturales y sin riesgos

7 alternativas a los antibióticos para infecciones comunes

Pablo Saz

Los antibióticos, bien usados, pueden salvar vidas, pero recurrir a ellos cada vez que se sufre una infección afecta a la flora y crea resistencias. ¿Qué alternativas existen?

El uso generalizado de los antibióticos parte de la creencia de que existen unas bacterias muy dañinas ante las cuales el cuerpo no puede defenderse y que deben eliminarse con un fármaco.

Hoy la perspectiva ha cambiado. No todas las bacterias "malas" se consideran malas para todo el mundo, ya que muchas personas las mantienen controladas con sus propias bacterias y defensas. Y a veces el antibiótico no solo no cura, sino que provoca grandes desequilibrios. Este cambio de enfoque abre nuevas vías en la utilización de los antimicrobianos.

Las bacterias "buenas": el papel de la microbiota

En un adulto, el número de células de los microorganismos que viven en su cuerpo puede ser diez veces superior al de las células propias.

De hecho, se calcula que 2 kg de la masa corporal corresponden al conjunto de especies bacterianas y otros microorganismos que habitan en el cuerpo, lo que científicamente se conoce como "microbiota".

Esos microorganismos no son ajenos al ser humano, sino esenciales para su fisiología, como la del cerebro, el bazo o el corazón. La conservación de las funciones de la microbiota es absolutamente necesaria para garantizar la vida y la salud.

En la actualidad, ante una enfermedad, en lugar de suprimir buena parte de la flora microbiana lo que se busca cada vez más es equilibrarla. Esto permite aplicar tratamientos curativos pero también puede mejorar la prevención.

¿Cómo afectan los antibióticos a la microbiota?

Los antibióticos, además de por su origen natural, se pueden clasificar en diferentes familias por su efecto sobre las bacterias o el organismo.

Las betalactaminas (penicilinas y cefalosporinas), por ejemplo, alteran la pared bacteriana (sobre todo de las bacterias grampositivas), resultan poco tóxicas y no penetran en la célula animal, mientras que los macrólidos bloquean la síntesis proteica del ribosoma bacteriano y favorecen la toxicidad hepática.

Otras familias incluyen los aminósidos, las tetraclinas y los antibióticos quimioterápicos.

La mayor parte de los antibióticos, cuando son producidos de forma natural por las bacterias para controlar a otras bacterias, lo hacen en cantidades pequeñas y las mismas bacterias los regulan.

Sin embargo, cuando se interviene con antibióticos en grandes cantidades, se producen grandes destrozos en las colonias bacterianas, no solo en las patológicas, sino también en la flora habitual no patógena.

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La resistencia a los antibióticos: un problema de excesos

España es uno de los países del mundo con mayor consumo de antibióticos (35 dosis diarias por mil habitantes) y el segundo de la Unión Europea, por detrás de Francia.

En los hospitales europeos la resistencia a los antibióticos ha llegado a ser un problema diario. Los pacientes hospitalizados tienen una alta probabilidad de recibir antibióticos inadecuados en la mitad de los casos.

El exceso de recetas médicas y veterinarias, la automedicación y la medicación de animales sin prescripción veterinaria han favorecido el aumento de esas resistencias.

Cuando el sistema sanitario hace un buen uso de los antibióticos, apenas se producen infecciones de bacterias resistentes. Esta es la gran diferencia entre sistemas sanitarios como el sueco, que pone atención en dar el antibiótico justo, y el español, que lo da sin apenas control, sobre todo en el sector veterinario o ganadero.

Es irresponsable ignorar las consecuencias comunitarias y ecológicas que se derivan de los tratamientos antimicrobianos individuales. La vida de la especie humana depende íntimamente de una flora bacteriana normal, y nuestra flora, su equilibrio y sus resistencias dependen a su vez de la flora que nos rodea.

La evidencia indica que los microorganismos intestinales de los animales y de los seres humanos forman un ecosistema interrelacionado, en el que una actuación en cualquier punto puede afectar a todos los demás. Así, siempre que las bacterias patógenas topen con un uso continuado de antibióticos, aprenden, se adaptan y se vuelven resistentes.

Las bacterias resistentes resultantes de esta práctica no se limitan a permanecer en los animales en los que se desarrollan. No hay "bacterias de la vaca", "del cerdo" o "del pollo". Por lo que a microbios se refiere, los humanos, junto con el resto del reino animal, pertenecemos a un ecosistema gigante. Las bacterias resistentes que crecen en el intestino de una vaca o un cerdo, pueden acabar colonizando nuestro cuerpo, y de hecho lo hacen.

Para poder defenderse las bacterias desarrollan de forma natural resistencias a estos productos. Además la resistencia de unas bacterias es transmitida a sus vecinas. Esto explica que sea importante no actuar solo contra una bacteria concreta sino tener en cuenta el equilibro bacteriano y procurar proteger o favorecer la flora habitual.

¿Cómo se debe elegir el antibiótico?

Por tanto, se debe recurrir al antibiótico solo en casos excepcionales y hacerlo de la manera más precisa posible, identificando el proceso infeccioso con un buen diagnóstico y sabiendo que si el pronóstico es leve bastará con estimular las defensas, vigilar el proceso y acaso realizar un cultivo, si es factible, por si cambiase la evolución.

Si el pronóstico puede ser grave y es útil el cultivo, se debe aislar e identificar el agente infeccioso y probar "in vitro", mediante un antibiograma, qué antibiótico resulta más eficaz. También puede realizarse un aromatograma, que ayuda a elegir esencias de plantas de acción antiinfecciosa.

La sustancia que se elija debería:

  • Ser de espectro estrecho: muy eficaz contra el agente infeccioso y poco contra los no infecciosos.
  • Ser poco tóxica para macrobios y microbios.
  • Administrarse sin riesgo ni molestias.
  • Llegar al foco infeccioso a tiempo y sin alterar.
  • Actuar el tiempo suficiente sin interferir con las defensas naturales.
  • Ser barata.
  • No alterar el equilibrio microbiano del entorno.

También conviene tener en cuenta que el antibiótico puede provocar desequilibrios durante semanas o meses, tanto en la persona que lo recibe como en otras personas y en el entorno (hospital, aguas…), por lo que debe ir acompañado de probióticos que refuercen la flora.

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Además, esta necesidad de respetar el equilibrio microbiano lleva a plantear tratamientos con sustancias más naturales que respeten la propia capacidad curativa del organismo.

Estas son infecciones comunes en las que se suele recurrir al antibiótico y en las que existe una alternativa natural. Antes de recurrir a cualquiera de ellos, te recomendamos que consultes con un especialista. En cualquier caso, si la infección no mejora u observas algún efecto no deseado, interrumpe el tratamiento y pide consejo médico.

Sinusitis aguda

El antibiótico más usado es la amoxicilina. Como medida general se pueden tomar analgésicos y realizar lavados nasales con suero fisiológico o infusión de tomillo y sal aplicados con un porroncito de pitón engrosado (lota) y seguidos de vapores de tomillo y malva.

Otra opción es añadir al agua del lavado esencia de árbol de té y extracto de pomelo.

Otitis media aguda

Aunque se resuelve de forma espontánea en más del 80% de los casos, se suele abusar de la amoxicilina y del tratamiento sintomático con analgésicos y antiinflamatorios.

En su lugar puede tomarse manzanilla en infusión o tintura; equinácea, de 1 a 5 ml de tintura de tres a cinco veces al día; o saúco, una taza de infusión de la planta fresca dos o tres veces por día.

Para el dolor, se puede aplicar en el oído unas gotitas de aceite de oliva con ajo, gordolobo, flores de caléndula e hipérico.

Bronquitis aguda

Los antibióticos más usados son claritromicina y azitromicina, pero solo se indican en cuadros graves, en presencia de esputo purulento o en pacientes con morbilidad o inmunodeprimidos.

En general se recomienda suprimir el tabaco, usar vaporizadores de agua y asegurar una buena hidratación oral. Para ello conviene beber abundante líquido (más de 2 litros al día), tomar ajo (dos dientes al día), cebolla cruda o hervida, zumo de limón e infusiones de tomillo, eucalipto, menta, equinácea o saúco.

La inhalación de vapor de agua mientras se beben lentamente líquidos calientes facilita la respiración nasal y el drenaje de secreciones.

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Se usa sobre todo fosfomicina, aunque también tinamoxicilina y nitrofurantoína, de los que se suele abusar en infecciones de repetición. Antes de utilizarlos se debería realizar un cultivo antibiograma.

Se recomienda una dieta de frutas frescas, a ser posible con arándanos rojos, beber un litro al día de cocimiento de gayuba (1 cucharada por litro) e infusión de tomillo (tres veces al día).

Vaginitis fúngica

Se utilizan antifúngicos como el clotrimazol.

Antes o a la vez se debería tratar con óvulos con extracto de ajo, lavados con salvia y tomillo, y lactobacilos. También se puede alternar añadiendo a la infusión jugo de limón y unas gotas de extracto de pomelo.

Erisipela

Se usa penicilina y eritromicina.

Para sustituirlos por un tratamiento más natural, primero conviene lavar bien la zona afectada con agua limpia, si se quiere caliente, y luego aplicar una infusión de caléndula y tomillo o una pomada a base de caléndula, tomillo y aloe.

Forunculosis

Se usa penicilina y eritromicina. Se limpia bien la herida y se lava con infusión de caléndula y tomillo. También puede aplicarse arcilla.

Antisépticos que cuidan la flora

Algunos antimicrobianos naturales combaten las infecciones sin debilitar el organismo.

Tenemos a nuestro alcance y casi a diario el manejo de agua y jabón como disolución y arrastre, lo que es útil en infecciones de orina, limpieza de heridas…

Además, existen alimentos, plantas y condimentos de propiedades antimicrobianas que a la vez protegen la flora habitual:

  • Alimentos: ajos, cebollas, puerros, rábanos, zanahorias, cítricos (limón, naranjas), miel.
  • Condimentos y especias: pimentón, azafrán, clavo, canela, pimienta, nuez moscada.
  • Plantas: tomillo, romero, orégano, espliego, menta, poleo, hierbabuena, hinojo, anís, comino, salvia, té, pino, sabina, eucalipto, ginkgo.
  • Resinas: incienso y mirra.
  • Leche materna: contiene lactoferrina con poder bactericida contra varios microorganismos.

El tratamiento naturista de las infecciones se basa en el uso de plantas medicinales y la observación del paciente. Respeta la fiebre y recomienda el ayuno como parte del tratamiento, acompañado de jugos de frutas frescas como el limón y otros cítricos, y jugos de verduras, entre ellas el ajo y la cebolla.

Para saber más:

  • Petra Neumayer: Antibióticos naturales. Ed. RBA-Integral
  • John Mckenna: Remedios naturales para combatir las infecciones. Ed. Paidós

Remedios históricos para combatir eficazmente las infecciones

Antes de que se observaran los microbios al microscopio, el ser humano llevaba siglos utilizando sustancias antimicrobianas para curar.

  • En Europa central, hace 5.300 años, Ötzi, el hombre de los hielos, portaba una pulsera de hongos con propiedades antiinfecciosas.
  • En el antiguo Egipto los embalsamadores conocían el poder antiséptico de las sales (el natrón), que potenciaban con resinas aromáticas (incienso y mirra), aunque en las momias plebeyas utilizaran cebollas (antibacterianas).
  • En la India los médicos vedas aplicaban vendajes de miel y mantequilla fermentada en las heridas infectadas.
  • Y en Grecia, Hipócrates aconsejaba combatir las infecciones con tomillo, canela o vinagre.

Los primeros antisépticos "modernos" llegan en el siglo XIX. En 1847, Semmelweis ordena a sus estudiantes que se laven las manos con agua clorada antes de explorar a las parturientas de la maternidad universitaria de Viena, lo que reduce la mortalidad del 10% al 1%.

Más de medio siglo después, se desarrolla el primer antisifilítico de síntesis y, en 1935, las sulfamidas. Estas revolucionan los hospitales, pero la II Guerra Mundial deja al bloque aliado sin suministros y la búsqueda de una alternativa lleva a purificar la penicilina, descubierta una década antes por Fleming.

A partir los años cuarenta se descubren muchos otros antibióticos producidos por bacterias de la tierra. Mientras se obtienen antibióticos de distintas arcillas se corre la voz de que no se use la arcilla en heridas infectadas, cuando durante siglos el ser humano ha visto cómo los animales curaban con barro sus heridas.

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